Çatal Höyük: La primera ciudad de la Humanidad

Siguiendo la Ruta de la Seda en su trazado por Anatolia Central, decenas de miles de turistas recorren todos los años el ingente patrimonio arquitectónico y artístico de Turquía. Si tomamos Capadocia como punto de origen y nos desplazamos hacia el oeste emulando a los antiguos comerciantes otomanos, no podemos dejar de visitar Konya, histórica capital de la vasta provincia homónima.

 

Entre otros atractivos, en esta populosa ciudad –casi un millón de habitantes– vivió y murió Celaleddin Mehmet Rumi (1207-1273), místico persa mejor conocido por el sobrenombre de MevlanaNuestro Señor, en árabe–. Además de un museo y un mausoleo de enormes dimensiones, el legado de Rumi en Konya adopta la dinámica apariencia de los derviches giróvagos, danzantes de la orden sufí Mevleví, cuyo hipnótico ritual y peculiar indumentaria son un icono de la «marca» Turquía.

 

Pero esta provincia esconde un aliciente mucho menos popularizado, a trasmano de los itinerarios turísticos y, sin embargo, de una trascendencia invaluable. Me refiero al sitio arqueológico de Çatal Höyük, la misteriosa urbe neolítica que, en opinión de muchos expertos, fue la primera ciudad de la humanidad.

 

 

Civilizaciones desaparecidas
Recreación de la formidable ciudad de Çatal Höyük.

Bajo del volcán

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James Mellaart, descubridor de Çatal Höyük.

 

Ubicada a poco más de 40 kilómetros al sureste de la capital de la provincia de Konya, Çatal Höyük fue descubierta en noviembre de 1958 por el arqueólogo británico James Mellaart, fallecido en julio de 2012. El hallazgo se produjo de forma casual, cuando Mellaart encontró varios artefactos de obsidiana mientras paseaba por esta llanura pantanosa, salpicada de vez en cuando por suaves ondulaciones. Tal vez, al levantar la vista, el arqueólogo observó a lo lejos la inconfundible y rotunda silueta del volcán Hasan Dagi, probable origen de la obsidiana. Además –debió pensar Mellaart–, aquella planicie parcialmente inundada y fértil habría favorecido las actividades agrícola y ganadera, convirtiéndola en el lugar idóneo para establecer un campamento con vocación de permanencia.

 

Aquel cúmulo de circunstancias y su intuición persuadieron al académico de la cercanía de un asentamiento humano en tiempos remotos. Estaba en lo cierto. Bajo sus pies, muy cerca de allí, apenas delatados por la presencia de un túmulo ligeramente elevado, dormían los restos de una civilización ignota, que habría surgido hace aproximadamente 10.000 años. Pero esta cultura, oficialmente adscrita al periodo Neolítico precerámico, no admite una catalogación sencilla, como veremos a continuación.

 

 

Una ciudad sin calles

 

En su momento de mayor apogeo, Çatal Höyük ocupó unas 13 hectáreas de extensión, bastante más de lo que se supone abarcaron otros núcleos humanos en la misma época. Su población también excedió las cifras habituales, pues se estima que entre sus muros llegaron a convivir alrededor de 10.000 individuos, que prosperaron extrañamente hacinados en mitad de aquella llanura inhabitada. Generación tras generación, los ciudadanos de Çatal Höyük construyeron sus casas sobre las mismas que ocuparon sus antepasados. Derribaban una vivienda para edificar otra igual sobre los cimientos de la anterior. De hecho, Mellaart descubrió hasta doce ciudades superpuestas, aunque hoy sabemos que pudieron ser más. ¿Por qué decidieron vivir hacinados teniendo tanto terreno a su disposición? Nadie puede explicar este enigma… ni muchos otros sobre esta urbe.   

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Detalle de la escalera que utilizaban los habitantes de la ciudad para acceder a las azoteas de las viviendas.

 

Un muro ciego rodeaba en su totalidad el perímetro de Çatal Höyük y, por si fuera poco, no había calles ni pasadizos entre los edificios. De hecho, las viviendas se construyeron mediante un sistema de medianería; esto es, las unas pegadas a las otras, compartiendo paredes y, en ocasiones, techumbres, como si de una colmena humana se tratara. ¿Por dónde accedían a sus casas los habitantes de esta peculiar ciudad, sin calles ni, obviamente, puertas exteriores? La respuesta, más o menos evidente, es a través de los tejados. En efecto, en la parte superior de las edificaciones se practicaron aberturas, que servían como chimeneas, como sistema de ventilación y que, de hecho, facilitaban la conexión con el interior de las habitaciones gracias a rudimentarias escaleras de madera y juncos.

 

A propósito de esto último, también sabemos que los habitantes de Çatal Höyük hacían vida en las azoteas de sus viviendas, donde comían y, probablemente, socializaban con sus vecinos. Además, éstas les servían para desplazarse de un sitio a otro de la población y, cuando era necesario, para acceder al exterior del perímetro. ¿Por qué eligieron esta disposición urbanística, que ahora se nos antoja ciertamente extraña? Parece claro que los ciudadanos de esta urbe no estaban solos en la planicie de Konya, donde seguro merodeaban animales salvajes y quién sabe qué otros enemigos insospechados…

 

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Recreación que subraya la importancia de las terrazas de las casas.

En la mente neolítica

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Reconstrucción de una vivienda de Çatal Höyük, con su aire de modernidad.

 

Pero si estas características nos resultan llamativas, lo son todavía más las concernientes al diseño de las viviendas de Çatal Höyük. Un vistazo a su interior acrecienta el misterio de cómo funcionaban aquellas «mentes neolíticas», supuestamente primitivas. Construidas con adobe y entramados de madera, la planta de todas ellas tenía forma rectangular, con ligeras variaciones en cuanto a su tamaño promedio. En relación a su contenido, las paredes –algunas con hasta tres metros de altura– estaban cuidadosamente enlucidas. Carentes de ángulos rectos, los remates de las esquinas eran suaves, proporcionando al conjunto una insólita apariencia de modernidad.

 

Las casas presentaban una amplia habitación central, alrededor de la cual se añadieron piezas más pequeñas. Al modo de los muebles actuales, la sala disponía de plataformas elevadas que servían para sentarse, comer y dormir. Además, no faltaba un horno para cocinar. Las habitaciones anexas servían como almacenes, probablemente para guardar diversos útiles y almacenar el grano y otros alimentos. Otra particularidad que sorprendió y sigue intrigando a los arqueólogos fue la ausencia de desperdicios o basura en el interior de las viviendas.

 

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Los habitantes de Çatal Höyük tenían la extraña costumbre de enterrar a los fallecidos bajo las viviendas, independientemente de que éstos fueran o no sus familiares.

Los habitantes de Çatal Höyük eran extremadamente pulcros, pues arrojaban los residuos en áreas específicas de la ciudad o más allá del muro perimetral que la defendía. No ocurría lo mismo con los cadáveres de sus fallecidos, que eran enterrados en las casas. De hecho, se han hallado restos humanos debajo de las plataformas que servían como camas y, más frecuentemente, bajo las cocinas u hornos. Las gentes de esta ciudad extremaron el cuidado a la hora de sepultar a sus fallecidos.

 

Se han encontrado cadáveres completos o restos parciales en el interior de cestos o envueltos en esteras. Los cuerpos fueron plegados hasta el límite, quizá por razones de espacio. No en vano, bajo una sola vivienda han llegado a descubrirse hasta treinta individuos. Por otra parte, la aparición de esqueletos desarticulados sugiere que éstos fueron expuestos en el exterior del poblado, probablemente en aras funerarias donde buitres y alimañas cumplieron su papel en la ceremonia de la excarnación, una práctica ritual relativamente frecuente durante el Neolítico y el Calcolítico.

 

Sin parentesco alguno

 

Misteriosamente, muchas de las tumbas se removieron con posterioridad al proceso de enterramiento. El objeto de esta costumbre era recuperar el cráneo del difunto para someterlo a algún tipo de ceremonia. Así, entre el «mobiliario» de las habitaciones aparecieron varias calaveras que habían sido emplastadas y pintadas, como para recrear el aspecto del finado en vida, quizá una maniobra simbólica de resucitación. Singularmente, la mayoría de estos cráneos no estaba en el lugar donde fue depositado inicialmente el cadáver al que pertenecían, sino en otra vivienda alejada de aquél, circunstancia que subraya la complejidad en los rituales de aquellas gentes.

 

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Es más, recientemente, los doctores Marin A. Pilloud y Clark Spencer Larsen, dos antropólogos forenses de las universidades de San Jose y Ohio, ambas en EE UU, que examinaron restos de piezas dentales de 266 individuos de Çatal Höyük, llegaron a una sorprendente conclusión: los cadáveres enterrados bajo cualesquiera de las casas de esta ciudad –salvo alguna excepción– no estaban relacionados biológicamente entre sí. Por ejemplo, según leemos en el American Journal of Physical Anthropology, los investigadores descubrieron que un niño de 8 años había sido enterrado lejos de donde lo estaban sus padres o parientes cercanos. ¿Por qué este extraño comportamiento? Pilloud y Larsen creen que los habitantes de Çatal Höyük advirtieron que los lazos familiares no bastaban para sostener la cohesión de aquella sociedad singularmente compleja. «Seguramente porque sus familiares biológicos no eran lo bastante numerosos, pensaron que era mejor pedir ayuda a otros individuos o grupos, sobre todo cuando tenían que afrontar tareas como llevar a pastar al ganado o cosechar los campos», explicaba Pilloud en Livescience.

    

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El arqueólogo británico Ian Hodder, actual director de las excavaciones.

 

En esas mismas páginas, Ian Hodder, profesor de la Universidad de Stanford y director de las excavaciones, no ocultaba su asombro: «Es desconcertante. Normalmente, los arqueólogos tenemos que inferir qué se oculta tras las relaciones biológicas; pero este hallazgo supera nuestros esquemas. De alguna manera, estos resultados son contraintuitivos. Ciertamente, no son lo que esperábamos».

 

En realidad, Hodder ya debe estar acostumbrado a las sorpresas. Antes de este hallazgo, él mismo y otros investigadores sugirieron que la sociedad de Çatal Höyük se estableció siguiendo parámetros anómalos, quizá basados en la pertenencia de sus miembros no a grupos familiares convencionales, sino a las casas físicas y a lo que éstas contenían, bienes que probablemente se trasmitían por herencia a quienes explotaban los recursos o mediante otros procesos que desconocemos, sin importar –y eso es lo significativo– las relaciones biológicas. De hecho, Hodder apunta a que pudo existir un sistema de co-propiedad de dichos recursos, similar al de las cooperativas actuales.

 

Diosas y leopardos

Otra de las características más significativas que remarcan el grado de civilización de Çatal Höyük tiene que ver con los objetos que fabricaron sus habitantes y las sugerentes pinturas que decoraban el interior de sus viviendas. Cuando James Mellaart comenzó a excavar este lugar, en 1961, tres años después de haber descubierto los artefactos de obsidiana que delataban el asentamiento, halló varios fragmentos de cerámica sin decorar, pertenecientes a rudimentarias cazuelas para cocinar. No era gran cosa, debió pensar. Sin embargo, solo 72 horas más tarde, uno de los miembros de su equipo le avisó visiblemente alterado. De la pared de la zanja abierta se había desprendido un trozo de muro con restos de pintura. Poco después, Mellaart fue consciente de la importancia del hallazgo.

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Varias muestras de tejidos delicadamente elaborados.

 

Ante sus ojos estaban no sólo las pinturas más antiguas datadas en el Neolítico, sino las primeras realizadas por un ser humano no en una cueva, sino en las paredes de una vivienda convencional. Aquel primer fragmento desvelado representaba a un cérvido y a un cazador. Poco después, aparecieron otras pinturas más significativas, con hombres interactuando con animales, montando a horcajadas sobre ellos, tirándoles de la cola o de la lengua. O mujeres en actitud de parir, que parecen dar a luz a bóvidos astados. También había numerosos buitres, hombres-pájaro –probablemente chamanes–, danzantes, hombres con trajes de leopardo. Otras figuras más inquietantes mostraban a humanos decapitados, cadáveres devorados por los buitres, leopardos junto a cabezas humanas…

 

El primer paisaje de la humanidad

Y entonces surgió una pintura que, todavía hoy, está envuelta en la polémica. Mellaart no dudó de que se trata del primer paisaje de la historia de la humanidad. En efecto, la escena parece recrear la silueta del volcán Hasan Dagi y, bajo el mismo, se ve un extraño patrón de formas geométricas que, en opinión de este arqueólogo, representaría el plano de la propia Çatal Höyük. 

  

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Paisaje al que se refiere Mellaart.
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La profusión de bucráneos en determinadas viviendas sugiere que algunas de éstas se destinaban a usos ceremoniales.

 

Además de este pretendido primer paisaje o mapa de la historia, las excavaciones sacaron a la luz cabezas de toro hechas con arcilla –lo que en arquitectura se conoce como bucráneos–, pero con cuernos reales; y numerosas figuras femeninas, la mayoría de las cuales mostraban a mujeres con el vientre y los pechos abultados. La más conocida de estas últimas –que a la postre se convertiría en símbolo de Çatal Höyük– representa a una típica Diosa Madre sedente.    

 


 

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Estatuilla hallada en la excavación. Imagen: Rowanomaniak.

La imponente mujer, sentada en un trono flanqueado por dos leopardos, fue hallada en el interior de un recipiente utilizado para almacenar el grano, lo que persuadió a James Mellaart de que se trataba de una deidad relacionaba con las cosechas y, por extensión, con la fertilidad. ¿Fue la de Çatal Höyük una civilización matriarcal? ¿Constituye su estatuilla de la diosa madre la primera evidencia de una religión establecida?

 

En tiempos más recientes, el descubrimiento de otras decenas de esculturas con modelos masculinos pone en tela de juicio que este asentamiento se erigiera para glorificar a la Diosa, como pretendía Mellaart y siguen sosteniendo numerosos investigadores y conocidos antropólogos.

 

No obstante, en la actualidad, son muchas las visitantes que acuden al sitio para celebrar la deificación de lo femenino. Sea como fuere, existe consenso acerca de que en Çatal Höyük prosperó una sociedad perfectamente organizada, basada en la cooperación e inopinadamente igualitaria.

 

Moderna ciudad-estado

Antes de que las autoridades turcas prohibieran a Mellaart continuar con las excavaciones –a causa de un oscuro episodio relacionado con el tráfico de antigüedades–, éste y su equipo desenterraron alrededor de doscientas viviendas, cuarenta de las cuales –las de mayores dimensiones– presentaban sofisticadas pinturas y ciertos detalles en su decoración que le hicieron pensar que se trataba de edificios públicos o, más concretamente, de templos o santuarios.

 

Ian Hodder no comparte esta hipótesis. En su opinión, nada demostraría que los edificios de Çatal Höyük no sean sino de uso residencial.

 

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Las áreas de la ciudad donde aparecieron más cadáveres parecían haber sido señaladas con manos pintadas de rojo.

Sin embargo, sí concede que aquella cultura practicó rituales complejos, ricos en símbolos, como las numerosísimas manos pintadas que aparecen diseminadas por todo el recinto, pero sobre todo en las áreas donde se hallaron más cuerpos humanos enterrados. De lo que no hay duda es del asombroso grado de civilización de esta enigmática cultura de Anatolia, que floreció 4.000 años antes que la de Cnosos, y 2.000 que la sumeria Eridu.

 

Las evidencias de las que disponemos resultan apabullantes. Por ejemplo, sabemos que los pobladores de Çatal Höyük cultivaban al menos tres variedades de cereal, leguminosas como lentejas, guisantes y garbanzos, y elaboraron aceites, cerveza y vino. Además de estos alimentos, su dieta incluía manzanas, pistachos y almendras y, sobre todo, carne y pescado en abundancia.

 

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Algunos de los objetos encontrados –como un especiero– sorprenden por su insólita modernidad.

Curiosamente, aunque la mayor parte de estas proteínas provenía de la caza y la pesca, hay pruebas de que domesticaron ovejas y bóvidos…    

 

Por otro lado, la cercanía de una fuente de obsidiana –el mencionado volcán Hasan Dagi– les animó a tallar objetos con este material, como puñales, lanzas e incluso espejos. Al mismo tiempo, elaboraron recipientes y adornos de cerámica, prendas textiles y joyas hechas con cobre y plomo, estas últimas gracias a sus asombrosos conocimientos en metalurgia. ¿Qué hacían con todos estos objetos? El hallazgo en este asentamiento de artefactos hechos con perlas y conchas marinas demuestra que mantuvieron intensos contactos comerciales con otros pueblos de Asia Menor y, tal vez, más alejados. 

 

Mucho antes de Cnosos y Eridu

 

Los investigadores coinciden en que fue precisamente este nivel de prosperidad material, lo que permitió que los habitantes de Çatal Höyük dedicaron buena parte de su tiempo a actividades de índole espiritual y artística. En este sentido, tal y como informaba el diario The New York Times, se produjo otro extraordinario descubrimiento en este asentamiento. En concreto, el de una pintura completa que, en palabras del director de las excavaciones, Ian Hodder, es la mejor preservada de las encontradas hasta hoy. «Inicialmente no parecía gran cosa –explicaba Hodder–, pero después vimos aquellos colores maravillosamente frescos, brillantes, con líneas muy ordenadas. Es, de lejos, la pintura más intrincada y elaborada que hemos recuperado desde mediados de los años 90».

 

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La complejidad de los diseños geométricos en las pinturas descubiertas en esta ciudad desconcierta a los investigadores.

 

En relación al significado de la misma, Hodder reconocía la dificultad que entraña su interpretación: «Muchas de las pinturas de Çatal Höyük son extremadamente raras, llenas de ambigüedad. En cuanto a ésta, su diseño geométrico podría ser meramente decorativo, aunque también barajamos la posibilidad de que represente una especie de estructura, probablemente un plano»… La prudencia de Hodder está en la antípodas de la audacia que caracterizó las interpretaciones de su predecesor en la década de 1960. En opinión de James Mellaart, la sociedad de Çatal Höyük fue tan compleja como las muy posteriores de Cnosos o Eridu, con la diferencia sustancial de que esta ciudad-estado de Anatolia floreció –como ya he mencionado– miles de años antes. ¿Cómo si no pudo organizarse una población de 10.000 individuos? ¿Por qué su estricto orden arquitectónico y su arte homogéneo? Según Mellaart, una élite centralista, probablemente una casta sacerdotal, lideró los designios de la urbe, obedeciendo a unas pautas y comportamientos que, todavía hoy, escapan a nuestra comprensión.

 

Entidades supranaturales

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Petroglifo de Nevali Çori, otro de los fascinantes yacimientos de Turquía.

Desde hace décadas, investigadores de todos los ámbitos, científicos o no, tratan de responder a varias e inquietantes cuestiones relacionadas con el Neolítico, ese periodo clave en la historia de la humanidad: ¿Qué sucedió hace aproximadamente 11.000 años, coincidiendo más o menos con el colapso drástico de la última glaciación? ¿Qué empujó a nuestros ancestros, cazadores-recolectores, a construir viviendas, erigir templos y venerar a extraños dioses? ¿Qué encendió la chispa de aquel conocimiento y tecnología repentinos que, desde cierta perspectiva, surgió de la noche a la mañana?

 

Los enfoques académicos se estrellan contra la deslumbrante realidad de lugares como Göbekli Tepe, Nevali Çori y Çatal Höyük. Significativamente, todos ellos ubicados en la actual Turquía. En cualquier caso, parece que los teóricos que sitúan el Jardín del Edén en el Cercano Oriente tienen cada vez más argumentos a su favor. Al menos, esto es lo que parecen demostrar las dataciones realizadas en los enclaves antes mencionados, que, además de remontar la conocida como revolución neolítica milenios antes de lo que se presuponía, añaden más misterio al origen mismo de la humanidad.

 

Para saber más Revista Año/Cero n.268

   

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Comentarios: 1
  • #1

    graciela (miércoles, 19 julio 2017 00:52)

    Excelente informe..sobre la primer orbe neolítica!