Jade: piedra guía del más allá

Igualados ante la muerte, gobernantes y chamanes de la antigua China y la América precolombina eligieron el jade no sólo como medio para subrayar el elevado rango social que ostentaron en vida, sino como vehículo que les garantizara un tránsito sin complicaciones hacia el más allá. Extrañamente, pese a la enorme distancia geográfica que separaba a ambas civilizaciones, muchos de sus rituales –además de los funerarios– otorgaban a este bello mineral un papel determinante, muy por encima de cualquier otro. No en vano, lo estimaban como puente entre la Tierra y el Cielo. 

  

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Espectacular máscara de jade de Pakal el Grande.

«El oro es valioso, pero el jade es inapreciable», reza una antigua sentencia china. Curiosamente, este mineral fue igualmente estimado en Mesoamérica, donde simbolizaba el maíz tierno y era considerado como una especie de «piedra angular de la Creación». No es extraño, pues, que ambas civilizaciones otorgaran al jade un protagonismo casi inaudito.

 

El jade pasó a convertirse en protagonista absoluto de sus rituales funerarios, habiéndose hallado importantes ajuares con el mismo tanto en China como en la América prehispánica. Sin embargo, a propósito de los usos concretos de este bello mineral, son menos conocidas las asombrosas coincidencias entre dichas ceremonias… Si cabe hablar de coincidencias. Porque, ¿puede calificarse como casual que un soberano maya y otro de la antigua China fuesen enterrados con una cuenta de jade en el interior de la boca? ¿Lo es también el extraordinario parecido entre las máscaras olmecas y las pertenecientes, por ejemplo, a la dinastía Han?…

 

Cuenta el Popol Vuh –libro sagrado de los mayas quichés–, que cuando los dioses gemelos Hunahpú e Ixbalanqué descendieron al Xibalbá o inframundo, pasaron una noche en la Casa de los Murciélagos. Allí, para protegerse, ambos durmieron en el interior de sus cerbatanas. Pero cuando Hunahpú asomó la cabeza para ver si ya había amanecido, Camaztoz –la gran bestia– se la cortó. Avergonzado, Ixbalanqué convocó a los animales y, de entre ellos, apareció una tortuga, que se colocó sobre los hombros de Hunahpú, reemplazando así su cabeza. Después, Hunahpú recuperó la vista y el habla y, finalmente, volvió a la vida…

 

Como otros del Popol Vuh, este relato guarda una enseñanza más allá de su simpleza formal. De una parte, subraya la similitud existente entre el caparazón de una tortuga y la imagen fragmentada de las máscaras de jade funerarias mayas. Por otro lado, incide en las cualidades sobrenaturales que los mayas atribuían a las máscaras.

 

Hoy, cuando celebramos el 60 aniversario del hallazgo del sarcófago de Pakal el Grande en Palenque, sabemos que su extraordinaria máscara y el resto de su ajuar funerario no sólo simbolizaban el tránsito del alma al reino de los muertos, sino que garantizaban la transformación en dios del más conocido de los soberanos mayas… 

  

Máscaras regeneradoras de vida

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Reproducción de la cámara funeraria y sarcófago de Pakal.

 

«Una enorme sala vacía que parecía tallada en hielo, una especie de gruta cuyas paredes y techo semejaban superficies perfectas, o una capilla abandonada cuya cúpula estuviera cubierta de estalactitas y de cuyo suelo surgían gruesas estalagmitas como los goteos de una vela», así describía el arqueólogo Alberto Ruz Lhuillier la tumba de K’inich Janaab’ Pakal –también conocido como Pakal II o el Grande–, cuando accedió a la misma, en junio de 1952, después de tres años de minucioso trabajo de desescombro, en el interior del Templo de las Inscripciones de Palenque, la más célebre de las ciudades-estado mayas.

 

En el interior del sarcófago, Ruz Lhuillier halló los restos de un hombre bastante alto, cuyo cuerpo y rostro habían sido cuidadosamente cubiertos con piezas de jade, que contrastaban llamativamente con el revestimiento rojo de la tumba. Pero lo que sin duda provocó más asombro al arqueólogo, fue contemplar la máscara funeraria de Pakal, un extraordinario mosaico elaborado con hasta 200 teselas de jade, rematado con incrustaciones de obsidiana y nácar. Extrañamente, la tumba de Pakal había permanecido intacta a lo largo de más de doce siglos, preservando los tesoros del que está considerado como el monumento funerario más importante de Mesoamérica. Un tocado, collares, pulseras, anillos, un pectoral, numerosas figurillas, la citada máscara… Y así hasta tres mil piezas, muchas de ellas de «piedra verde». Pero, ¿por qué eligieron jade y no otro material?

 

Transformación chamánica

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Los rasgos marcadamente asiáticos son comunes a muchas máscaras olmecas.

 

Como hemos mencionado, el jade era la piedra más valorada por las civilizaciones prehispánicas. Se utilizaba para realizar ofrendas funerarias, pero también para fabricar otros objetos rituales, joyas, herramientas e incluso armas.

 

Para los mayas, los aztecas y otros pueblos de Mesoamérica, el jade –debido a su color y a otras peculiaridades físicas– constituía la representación simbólica de la naturaleza y, por ende, de la vida misma. No es extraño, pues, que también lo asociaran con la inmortalidad, ya que su dureza era sinónimo de constancia inmutable.

 

De ahí que muchos soberanos de esas culturas, especialmente los mayas, fuesen enterrados literalmente envueltos en jade. Sin embargo, fueron los olmecas quienes, siglos antes, se distinguirían por su experto tratamiento de este mineral. No en vano, a la llamada Cultura Madre también se la conoce como Pueblo del Jade. Ninguna de las civilizaciones precolombinas posteriores a los olmecas –mayas incluidos–, creó tan asombrosa variedad de objetos en «piedra verde» o chalchihuite –en náhuatl–, genérico por el que los mesoamericanos no sólo designaban la jadeíta, sino otros materiales semipreciosos de similares características, como la serpentina.

 

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La extraña Ofrenda 4 de La Venta, en Tabasco.

Uno de los más extraordinarios hallazgos relacionados con el jade y los olmecas tuvo lugar en 1955, cuando el arqueólogo mexicano Eduardo Contreras excavaba el sitio de La Venta, en Tabasco. Allí, concretamente en la Plataforma Norte, Contreras descubrió una extrañísima ofrenda ritual cuidadosamente enterrada, cuyo significado, todavía hoy, desconcierta a los investigadores.

 

Conocida como Ofrenda 4, se trata de una escena que probablemente representa un acontecimiento político-religioso, que tuvo lugar hace alrededor de 3.000 años. La ofrenda está integrada por 16 figurillas antropomorfas y una fila de seis hachuelas delgadas, a manera de pequeñas estelas. En relación a las figuras, se trata de 16 individuos masculinos con rasgos felinos, colocados de tal manera que parecen estar interactuando. Quince de las figurillas están hechas de jadeíta y serpentina. Solamente una, la que parece presidir la reunión, se esculpió sobre piedra arenisca.

 

Se ha especulado mucho acerca de qué quisieron transmitir los olmecas mediante esta escena tan teatral como misteriosa. En cualquier caso, hay consenso en que se trata de una ofrenda mortuoria, en la que los sujetos han sido sometidos a una especie de transformación chamánica, posiblemente al objeto de ocupar un espacio en el «tiempo mítico», ese lugar intangible donde van los muertos… 

 

Ciudades del cielo

 

Mientras esto sucedía en Mesoamérica, justo al otro lado del océano Pacífico, a más de 18.000 kilómetros de distancia, un personaje quizá algo menos relevante que Pakal II, un chamán de la provincia china de Jiangsu, también anhelaba la inmortalidad.

 

Al igual que sucediera con el soberano maya, cuando los arqueólogos chinos desenterraron su tumba, en 1982, descubrieron en su interior un formidable ajuar funerario con objetos de jade, entre los cuales no faltaba una espectacular máscara funeraria. En concreto, se catalogaron 49 adornos, 24 discos, 33 piezas cilíndricas incisas –para componer la mencionada máscara–, 3 hachas sin señales de haber sido utilizadas y una especie de punzón… Curiosamente, todos los objetos desenterrados en este túmulo funerario habían sido dispuestos cuidadosamente, obedeciendo a un patrón determinado, como en el caso de las figurillas de La Venta y de otros enterramientos en Mesoamérica.

 

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Máscara funeraria de la antigua China

A finales de la década de los noventa, se planteó la hipótesis de que Sidun y otra veintena de túmulos funerarios cercanos estuvieron integrados en grandes ciudades-estado, que habrían sido diseñadas atendiendo a cuestiones astronómicas. En este sentido, las plantas de dichas urbes se estructuraban en torno a un enorme altar cuadrangular, con cuatro cementerios situados en los extremos más alejados de sus vértices. «Su diseño evoca el aspecto de Angkor Wat, en Camboya, y Tikal, en Guatemala. Se trataba de una fase de asentamientos extremadamente sofisticada.Una ciudad-estado con un centro espiritual, aldeas periféricas, un sistema defensivo y formas artísticas que sirvieron tanto a las necesidades políticas como a las religiosas. Sidun representa la espina dorsal de lo que se conoce como la Era del Jade. Y no sólo por su sofisticado diseño arquitectónico, sino porque más del 90% de los materiales de los ajuares eran jades», explica la historiadora del arte y arqueóloga Elizabeth Childs-Johnson.

 

En cualquier caso, pese a la relevancia del anterior, el descubrimiento más fascinante en relación al jade ritual en China se había producido, unos años antes, en el distrito de Mancheng (Hebei), casi mil kilómetros al sur de Sidun. Nos referimos al hallazgo de las tumbas del príncipe Liu Sheng y su consorte, Dou Wan.

 

Una armadura para el más allá

En 1968, un equipo de arqueólogos localizó una cámara mortuoria subterránea en un túmulo de la dinastía Han del Oeste (206 a. C-24 d. C). La tarea no resultó sencilla, pues el poderoso «inquilino» de la misma, el príncipe Liu Sheng, había ordenado antes de morir que su última morada en la Tierra debía ser inviolable. Pero como las obras de los hombres no son eternas, tras retirar numerosos escombros, grandes piedras e incluso barreras de metal, casi dos milenios después de la muerte del noble chino, los arqueólogos lograron acceder a su tumba.

 

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La asombrosa armadura de jade del príncipe Liu Sheng.

 

El espectáculo debió ser inenarrable. La cámara estaba repleta de suntuosas ofrendas –más de 2.800 objetos–, fiel reflejo del lujo que acompañó al príncipe en vida. Sin embargo, la atención de los arqueólogos se detuvo en las vestimentas de Liu Sheng y Dou Wan, pues ambos estaban envueltos en sendas armaduras de jade, confeccionadas con miles de pequeñas teselas de este mineral, unidas con alambre de oro. De igual modo que en Mesoamérica, los antiguos chinos estaban convencidos no sólo de que el jade tenía la facultad de preservar el cuerpo humano de la descomposición, sino que constituía la salvaguarda del alma del difunto en la otra vida. Emblema de la perfección y la virtud imperecedera, la importancia del jade trascendía su valor material. Confucio y sus seguidores lo prescribían en los ritos funerarios y sacrificiales, siendo pioneros en establecerlo como arquetipo de la moralidad. El hombre, como el jade, debía ser íntegro.

  

Objetos talismánicos

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Un bi –o pi– de la antigua China. Se trata de un disco talismánico de jade que representa el cosmos.

 

En realidad, ya desde el Neolítico se utilizaron artefactos de jade como ofrenda a los dioses y para venerar a los antepasados, pues las virtudes que atribuían a este bello mineral lo hacían idóneo para la comunicación con los espíritus. De esa época, de la cultura Liangzhu, proceden dos de los objetos talismánicos de jade más característicos en los rituales sagrados. Se trata de una pieza circular que representaba el cosmos, llamada bi –o pi–, y otra de corte transversal cuadrado y perforado con un orificio circular, denominada cong –o ts’ung–, que simbolizaba la Tierra. En relación a este último, como explica Elizabeth Childs- Johnson, «era evidentemente algo más que un talismán; parece más bien que se trataba de un mecanismo de control espiritual y ritual. Apuntando hacia cuatro direcciones, simbolizaba el poder de invocar o exorcizar fuerzas espirituales y demoníacas en un universo que se creía era prismáticamente cuadrado».

 

Aunque se ignora la función específica de ambos objetos, sabemos que eran parte fundamental del Li o ritual de conexión entre lo profano y lo sagrado, y también, muy probablemente, de ciertos procesos alquímicos, enfocados a la realización del individuo en vida como preparación para el tránsito hacia el más allá. Entendida como una disociación de los cinco elementos cuya fusión origina el nacimiento, la muerte era una continuación de la existencia terrenal. Por eso, es frecuente hallar en las tumbas artefactos que el sujeto podía necesitar en ese otro plano, entre los que no faltaban numerosas ofrendas de jade, muchas de las cuales estaban en contacto con el cuerpo del fallecido.

 

Símbolos universales

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Los nueve jades –tantos como los orificios del cuerpo– que se colocaban para evitar que escapara la esencia vital del sujeto en su tránsito al más allá.

El objetivo de los jades funerarios era contener la esencia vital del individuo, protegerlo de espíritus demoniacos y –en un orden más prosaico– evitar que su cuerpo expeliera los olores propios de la putrefacción. Así, entre el periodo de los Reinos Combatientes (siglo V a.C.) y la dinastía Han (206 a.C.-220 d.C.), era frecuente colocar nueve jades –tantos como los orificios del cuerpo– a manera de tapones, para sellar los ojos, nariz, oídos, etc., del cadáver. Especialmente relevante fue la costumbre de depositar una cuenta de jade en la boca del difunto, pues se creía que así se preservaba el aliento vital del sujeto.

 

Misteriosamente, mayas, toltecas y otros pueblos mesoamericanos dispensaban idéntico tratamiento a los cadáveres de sus soberanos… Como nos preguntábamos al comienzo de este artículo, ¿es casual que los pueblos mesoamericanos y los de la antigua China enterraran a sus soberanos con una cuenta de jade en la boca? ¿También lo es la similitud entre sus máscaras funerarias? ¿Por qué los rituales de ambas culturas presentan tantas coincidencias? ¿Cómo explicar que dos civilizaciones separadas por un océano ignoto –y con rasgos culturales aparentemente bien diferenciados– compartiesen una visión tan homogénea sobre el jade, como facilitador del tránsito hacia el más allá?

 

No hay duda de la universalidad de ciertos mitos y símbolos, lo que, en opinión de numerosos autores, entroncaría con la hipótesis de un «origen común» a todas las civilizaciones. De hecho, el culto ritual al jade se dio en otros pueblos de la antigüedad, como los egipcios, los celtas y los maoríes. Pero existe una hipótesis aun más fascinante que podría explicar tales coincidencias. Nos referimos a la teoría que sostiene que, en tiempos muy remotos, hubo contactos interoceánicos entre pueblos supuestamente «primitivos» y muy distantes entre sí.

 

Cuando China descubrió América

 

A propósito de esto último, no es la primera vez que se plantea la posibilidad de que navegantes chinos alcanzaran el continente americano antes que Colón lo «reivindicara» para la Corona de Castilla.

 

En 2002, Gavin Menzies, un marino británico retirado, alcanzó cierta notoriedad con la publicación de "1421: el año en que China descubrió el mundo", best-seller donde impulsaba la idea de que Zheng He, célebre almirante de la dinastía Ming, arribó a las costas americanas 71 años antes de que lo hiciera su homólogo genovés.

 

En efecto, el argumento de la controvertida obra gira en torno a la figura histórica de Zheng, militar chino que surcó los mares entre 1405 y 1433, explorando India, el Golfo Pérsico y el este de África, entre otros lugares. Pero, ¿América? Menzies está convencido de que así fue. Por si fuera poco, cuatro años después de la publicación de 1421, un anticuario de Shanghai mostraba una carta de navegación –pretendidamente auténtica– que dibuja el continente americano en 1418, como supuestamente lo conoció Zheng He, donde aparece cartografiado con minucioso detalle el Golfo de México.

 

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Polémico mapamundi resultado de los viajes de Zheng He.

 

Pero el origen de estos trayectos interoceánicos podría haberse iniciado mucho antes, concretamente en el año 458 d. C., cuando un joven monje budista, de nombre Hui Seng, habría aprovechado las corrientes cálidas del Pacífico para llegar a Japón, las islas Aleutianas y, finalmente, las costas mexicanas.

 

Hay constancia de que las flotas chinas ejercieron un indudable dominio de los mares en la antigüedad. Pero, ¿tanto como para creer que se establecieron contactos comerciales y culturales entre Oriente y Mesoamérica?… Quizá solo sea cuestión de abrir nuestras mentes.

 

Lejos de pensar en los océanos como en barreras insalvables, es probable que civilizaciones de tiempos remotos los vieran y utilizaran como las autopistas de agua que en realidad son.

 

Para saber más Revista Año/Cero n.265

 

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