Moscú bajo tierra

Aunque tibio, el lujo del hotel Holiday Inn de Moscú, en el histórico distrito de Sokólniki, contrasta y mucho con la penuria que se adivina en algunos edificios a apenas 200 metros de su hall, sobre todo al anochecer, cuando al turista le aconsejan no salir solo o, directamente, no salir. Sin embargo, estas advertencias tienen más que ver con las molestias que causan a los anfitriones las desapariciones de las carteras o los pasaportes de sus clientes, que con el devenir diario de esta ciudad inabarcable, por otra parte tan segura como cualquier otra capital europea. No obstante, resulta conveniente atender a otras recomendaciones. Por ejemplo, evitar hacer uso del taxi, un servicio mal regulado y proclive, al parecer, a demasiados abusos. Además, la alternativa que nos proponen es mucho más atractiva y sugerente, sobre todo al objeto de lo que vamos a contarles. Se trata, en suma, de utilizar el Metro de Moscú, el transporte más dinámico y popular de la ciudad del Moksva.

 

Desde la entrada del Holiday Inn, a unos cien metros de distancia, se ve perfectamente el acceso a la estación de Metro de Sokólniki, el lugar donde comienza nuestra historia…

 

Moscú
Cartel de 1931 que anunciaba las obras para el metro de Moscú.

Stalin ocultista

 

Corría el año 1935. Concretamente el 15 de mayo, Iósif Stalin, jefe absoluto de la Unión Soviética, descendía por las escaleras de Sokólniki para materializar uno de sus proyectos más ambiciosos: dotar a Moscú de una vasta red de Metro, que permitiera a sus ciudadanos desplazarse cómoda y rápidamente, evitando así las aglomeraciones de la superficie y los rigores del invierno, particularmente adverso en estas latitudes. Es obvio que en la mente de Stalin estaba modernizar la ciudad, pero el Metro también era el escaparate perfecto en el que plasmar su idea del «realismo socialista», a ojos de sus compatriotas y frente al escrutinio de los capitalistas occidentales. De ahí que pusiera especial énfasis en el diseño de la red, tanto en su planificación como en la arquitectura y decoración de las estaciones, estas últimas llamativamente lujosas.

Moscú
Una de las lujosas estaciones del Metro de Moscú.

 

No hay más que visitarlas para entender por qué los moscovitas llaman Palacio Subterráneo al metro de su ciudad.

 

A cualquier observador podría parecerle que este suntuoso despliegue poco o nada tendría que ver con los ideales de la Rusia de aquellos tiempos. Se equivocaría. La intención de Stalin, tras el triunfo de la Revolución Bolchevique, era poner a disposición del pueblo las riquezas y prebendas de las que muy poco antes sólo disfrutaban la aristocracia y los zares y, de paso, enviar a Occidente el mensaje de que el comunismo proveía de arte, cultura y felicidad a los ciudadanos soviéticos de a pie. A Stalin le preocupaba y mucho la carga simbólica de sus actos. Por ejemplo, no es casual que la primera línea de metro que inauguró fuera –y siga siendo– la Línea Roja, por las connotaciones evidentes de dicho color. Ni que ésta, integrada por trece estaciones, concluyese en un lugar apenas transitado. Como explica el experto en ocultismo Andrew Gough, «la línea finalizaba en un enclave aparentemente árido, vacío. No obstante, en este mismo lugar se erigiría después la Universidad Estatal de Moscú y, sobre todo, la ruta seguida por el tren subterráneo reflejaba la trayectoria del atardecer en el solsticio de invierno».

 

Moscú
George Gurdjieff.

Aunque lo anterior pueda sonar a mera hipótesis especulativa, es sabido que Stalin pudo interesarse en el ocultismo mucho antes de su llegada al poder. Y no lo habría hecho de manos de cualquiera, sino del mismísimo George Gurdjieff, con quien compartió pupitre en la escuela, como este último reconoció. Es probable que Stalin revelase a Gurdjieff una visión que había tenido en sueños, imagen recurrente que acabaría obsesionándole. En la misma, invariablemente, aparecían siete enormes pirámides, cuyo perfil se destacaba sobre una extraña ciudad enteramente cubierta de nieve. Parece posible que el célebre esoterista de origen armenio no sólo convenciera a Stalin del poder que se ocultaba tras el número siete, sino de otros muchos detalles concretados en sus conocidas teorías metafísicas y cosmológicas.

El laberinto de Metro-2

 

De igual modo que el mandatario soviético vio cumplida aquella visión al levantar «siete pirámides» sobre Moscú –aunque fuera disfrazadas de rascacielos escalonados–, no es improbable que tuviera un plan oculto para la mitad «invisible» de la ciudad. La construcción de la Línea Roja de metro era sólo el primer paso hacia dicha consecución. Impulsado por su carácter extremadamente paranoico, las devastadoras consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y la psicosis que promovió el enfrentamiento soterrado de la Guerra Fría, Iósif Stalin habría diseñado un submundo a su medida.

 

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Vladimir Gonik.

En concreto, sabemos que construyó una segunda red de trenes suburbanos, obviamente secreta y de uso altamente restringido; también varios búnkeres capaces de alojar a miles de personas y, a decir de muchos estudiosos, una o varias pequeñas ciudades subterráneas, tanto en las cercanías de la capital moscovita como en enclaves más alejados pero de gran importancia estratégica. Si bien los rumores sobre la existencia de dichas instalaciones llevaban décadas sonando entre la ciudadanía rusa, las revelaciones más esclarecedoras sobre las mismas no vieron la luz hasta tiempos recientes. Curiosamente, el detonante fue una novela. En 1992, después de más de dos décadas de concienzuda investigación, el escritor ruso Vladimir Gonik publicó Abismo (Preispodnyaya, en ruso), libro que rápidamente se convirtió en éxito de ventas y que causó un enorme revuelo entre la opinión pública moscovita y del resto del país. A grandes rasgos, el argumento de la novela se centraba en Metro-2, una red secreta de ferrocarriles subterráneos –en paralelo o a mayor profundidad que la oficial– a la que sólo tendrían acceso los miembros más destacados del poder político soviético –la novela se desarrolla en la era de Stalin–, sus familiares y personal militar altamente especializado.

 

Memorándum de la CIA

El propósito de esta red, según Gonik, sería el de garantizar la evacuación de los jerarcas bolcheviques en caso de que la URSS sufriera un ataque nuclear por parte de EE UU. En cuanto al dónde, el escritor mencionaba que dicha red conectaba el Kremlin, el Ministerio de Defensa, la sede del KGB, el aeropuerto gubernamental Vnukovo-2 y, finalmente, una ciudad subterránea que acogería a los privilegiados supervivientes.

 

Hasta aquí, el argumento de la novela. Suena fascinante, ¿verdad? Sin embargo, se trata de una ficción… ¿O no? Según confesaba el propio escritor en el semanario Ogoniok, apenas dos días después de la publicación de Abismo recibió la «amable» visita de dos funcionarios del gobierno ruso, quienes mostraron gran interés en conocer las fuentes de las que se había nutrido el autor, dado el lujo de detalles que aportaba en las descripciones de los lugares donde se desarrollaba su trama. Y es que los servicios secretos rusos ya estaban «con la mosca detrás de la oreja». Unos años antes de que se publicase Abismo, la Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA) desclasificaba un buen puñado de documentos relacionados con la Guerra Fría. Pues bien, en uno de ellos, fechado originalmente en 1986 y con la firma del propio director de la agencia, leemos lo siguiente: «Los soviéticos han construido un suburbano a gran profundidad, tanto en Moscú como en las afueras de la ciudad. Estas instalaciones están perfectamente interconectadas para proporcionar un medio de evacuación rápido para sus líderes (…) Pensadas para tiempos de guerra, están a entre 200 y 300 metros de profundidad y pueden albergar a unas 10.000 personas. Una línea de metro especial conecta algunos puntos de Moscú con la terminal VIP del aeropuerto de Vnukovo, así como con complejos urbanos subterráneos como Chejov y Sharapovo. Otras instalaciones similares se han detectado en otras ciudades importantes rusas. Queda claro que la capacidad soviética para la producción subterránea es mucho mayor de lo que habíamos estimado en el pasado»…

 

Ramenki-43: una ciudad subterránea

 

Como pueden observar, existen notables paralelismos entre la pretendida ficción que describía Vladimir Gonik y este memorándum desclasificado de la CIA. Por otra parte, este escritor no es el único que ha destapado la existencia de redes de metro, comunicaciones e incluso ciudades subterráneas en Rusia. En más de una ocasión, la prensa de ese país ha desvelado detalles muy jugosos al respecto.

 

Por ejemplo, se dice que la idea de Metro-2 nació en el despacho de Iósif Stalin y que dicha red era conocida en la KGB mediante el acrónimo D-6. También conocemos el supuesto nombre de la ciudad subterránea que habría acogido a lo más selecto del Politburó en caso de una devastadora conflagración nuclear, gracias al chivatazo que un ex agente de los servicios secretos dio a un periodista soviético a comienzos de la década de los 90. Aquel nombre era Ramenki-43, pero había más…

Moscú
Puertas blindadas del búnker situado bajo la Universidad Estatal.

 

Según informaba The Moscow Times, el ex agente, que aseguraba haber participado en la planificación de esta ciudad-búnker, confesó que Ramenki-43 estaba situada en mitad del distrito homónimo, muy cerca del edificio central de la Universidad Estatal de Moscú, que comenzó a construirse en los años 60. También explicó que esta urbe se extendía unos 2 kilómetros cuadrados y que su interior no era distinto de cualquier población convencional, incluyendo calles, viviendas y lugares para el ocio. Además, detalló que podía acoger a unas 15.000 personas y que enormes almacenes con víveres garantizarían la supervivencia de las mismas durante al menos 30 años.

 

Las noticias sobre esta ciudad subterránea y la red Metro-2 provocaron bastante revuelo a comienzos de los 90, incluso a nivel internacional, sobre todo cuando la revista Time se hizo eco de las mismas y varios diputados rusos pidieron explicaciones al gobierno de su país. No obstante, los moscovitas siempre han sabido que el subsuelo de su ciudad oculta más de un secreto…

 

Refugio del Partido Comunista

En 2002 se produjo un incendio que afectó a algunas estructuras subterráneas cerca de Prospeckt Vernadskogo, precisamente en los alrededores de la Universidad Estatal de Moscú y, cuatro años después, otra extraña noticia en las secciones de sucesos alentaba la curiosidad de los habitantes de la capital del Moskva. Concretamente en marzo de 2006, el diario Komsomolskaya Pravda informaba del derribo de uno de los hoteles más emblemáticos de Moscú, el Hotel Rossiya. Situado frente al Kremlin, este establecimiento fue construido el 7 de noviembre de 1967 por orden del gobierno soviético y coincidiendo con el 50 aniversario de la Revolución Bolchevique. Durante 40 años, el Rossiya sirvió como base para las reuniones del Comité Central del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética).

 

Además, con una capacidad para 3.000 personas, ostentó el récord de hotel más grande del mundo durante muchos años. Pero la piqueta nunca duerme en la ciudad del Moskva. El magnate Shalva Chigrinsky, propietario de ST Development, compró el edificio y su primera decisión fue demolerlo y levantar uno más moderno y funcional para destinarlo a apartamentos de lujo, galerías y varios hoteles urbanos. Lo que probablemente no imaginaba Chigrinsky es que el Rossiya tenía un incómodo secreto muy bien escondido.

 

Un Búnker gigantesco

El magnate Shalva Chigrinsky.
El magnate Shalva Chigrinsky.

Durante su demolición, uno de los capataces de las obras llamó al magnate para que acudiera con urgencia al solar. Al parecer, varios agentes de paisano –miembros del FSB, según Chigrinsky– estaban hostigando a los obreros para que no continuaran con el desescombro en un área determinada del hotel. La razón fue el hallazgo de varios túneles que parecían conducir al Kremlin, además de un gigantesco búnker que podía albergar a miles de personas, a decir de los testimonios de varios obreros que participaron en el derribo del hotel. En cualquier caso, la existencia de un búnker secreto bajo el Rossiya no sería en absoluto sorprendente, dada la situación estratégica del edificio y, sobre todo, sus antecedentes históricos. Por otra parte, la presencia en Moscú de este tipo de instalaciones dejó de ser un tema tabú justo después de la Perestroika, reforma iniciada por Mijail Gorbachov y continuada por sus sucesores en el cargo.

 

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Una de las espectaculares habitaciones del búnker de Izmailovo.

Dicha apertura vivió su momento álgido tras la llegada al poder de Boris Yeltsin, quien no sólo levantó el veto informativo sobre estos misteriosos búnkeres soviéticos, sino que abrió al público dos de ellos, concretamente los situados en Izmailovo y Taganski. No obstante, el subsuelo de Moscú sigue albergando impenetrables y oscuros secretos. O eso cuentan los miembros de una peculiar tribu urbana que lleva dos décadas recorriendo los túneles y alcantarillas bajo la ciudad. Se hacen llamar diggers (excavadores) y han sido una fuente inagotable de todo tipo de informaciones acerca de los más variopintos y siniestros hallazgos en este inescrutable inframundo. Aunque sus detractores les acusen de tener demasiada imaginación, estos espeleólogos urbanos cuentan con numerosos admiradores, que siguen sus hazañas en los medios de comunicación moscovitas y, sobre todo, a través de las redes sociales.

 

Reyes de las alcantarillas

 

Ratas gigantescas, sectas satánicas, mendigos caníbales, trampas para cazar humanos de la época de Stalin, extrañas criaturas marinas, cadáveres degollados o con agujeros de bala, fenómenos paranormales… El catálogo de enigmas desvelados por los diggers es tan amplio como polémico. Pero, ¿qué hay de cierto en estas revelaciones? Vadim Mikhailov, uno de los miembros más veteranos de esta peculiar tribu urbana, es el portavoz de los Excavadores del Planeta Subterráneo, grupo que él mismo fundó en 1990. Entrevistado por The Moscow Times, Mikhailov, hijo de un antiguo conductor de metro de la ciudad, explicaba que, siendo niño, descubrió un búnker de la era de Stalin bajo la Avenida Leningradsky, y que cuando él y el resto de su pandilla subieron a la superficie, se dio cuenta de que su casa estaba justo encima del refugio soviético. En aquel momento, con apenas 12 años, Vadim supo que había nacido para explorar el inframundo de su ciudad.

 

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El espeleólogo urbano Vadim Mikhailov.

Tres décadas después, posee un largo historial de sorprendentes hallazgos, que repasaba en el mencionado diario. Por ejemplo, cuando él y un compañero se toparon con unos enormes tanques de formaldehído, abandonados en un oscuro túnel. Al acercarse a las cubas, vieron unos extraños animales flotando en su interior, criaturas que no supieron identificar. Vadim cree que las peceras pertenecieron al antiguo Instituto de Oceanografía de Moscú, aunque la rara apariencia de aquellas criaturas aún le causan pesadillas. También recordaba que, poco después de la publicación de Abismo, un par de detalles en la novela le llevaron a descubrir el acceso a una de las estaciones secretas de Metro-2. O el hallazgo de 350 kg de material radiactivo bajo la Universidad Estatal de Moscú, hecho que puso en conocimiento de las autoridades, que retiraron los residuos sin darle más explicaciones. Todavía más sugerentes han sido sus contactos con el Moscú medieval. Mikhailov, que lamentaba la cantidad de lugares históricos que desaparecieron bajo las piquetas del autócrata soviético, rememoraba el hallazgo de pasadizos de la época zarista e incluso de un antiquísimo cementerio situado bajo la calle Arbat, hoy transitada por miles de turistas a la caza de souvenirs.

 

Más joven que Mikhailov pero igualmente apasionado, Eugin es otro activo excavador. Entrevistado por la BBC, no revela su apellido «por temor a represalias». Y tiene motivos. Además de las fuerzas de seguridad, los diggers deben vérselas con miembros de poderosas mafias, que usan estos túneles para desembarazarse de sus víctimas, de ahí los frecuentes hallazgos de cadáveres con signos de violencia. Eugin dice haber recorrido decenas de kilómetros de pasadizos secretos, como hacen los más de un centenar de jóvenes que persiguen emociones fuertes en el subsuelo de la capital rusa. Aunque no todos bajan a las alcantarillas por espíritu deportivo.

 

Moscú
La mítica librería de Iván IV, pintada por Alexander Litovchenko.

Algunos búnkeres, llenos de valiosos objetos, fueron convenientemente limpiados sin dar tiempo a que las autoridades inventariaran su contenido. Éste fue precisamente el caso del búnker de Izmailovo, ahora abierto al público, del que desaparecieron muebles, lámparas de araña, tapices y valiosas alfombras. Eso sí, nadie ha encontrado todavía indicio alguno del tesoro oculto más célebre de Moscú. Nos referimos a la famosa biblioteca secreta de Iván el Terrible, habitación enterrada sobre cuyo paradero los moscovitas continúan haciendo apuestas. Sea como fuere, el inframundo moscovita parece hecho al gusto de los habitantes de esta magnífica ciudad, repleta de rumores y conspiraciones, tanto en la superficie como, sobre todo, bajo tierra.

 

 

Para saber más Revista Año/Cero n.283 

 

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