El misterio del Faraón de Plata

Egipto
Psusennes I.

El descubrimiento de la momia intacta de Tutankamón, el «faraón niño», que gobernó el País del Nilo durante la Dinastía XVIII, aun siendo ciertamente relevante, tuvo más de mediático que de otra cosa. En realidad, Tutankamón no fue un gobernante notable o particularmente influyente, como lo demuestran el tamaño relativamente pequeño de su tumba y su legado histórico. Entre otras, la causa hay que buscarla en la brevedad de su mandato, pues solo se mantuvo en el poder once años. No obstante, el descubrimiento de su sarcófago ocupó los titulares de la prensa internacional, provocando un inusitado interés por todo lo concerniente al Antiguo Egipto.

 

Sin duda, el arqueólogo Howard Carter y el aristócrata Lord Carnavon, artífices del hallazgo, tuvieron buena parte de culpa en aquel sorprendente éxito de marketing. Nada que objetar. Pero sería injusto no recordar otros descubrimientos mucho menos conocidos aunque quizá más fascinantes. En este sentido, el misterioso caso del «faraón de plata» resulta paradigmático.

 

Tesoros de Salomón

 

Esta historia comienza en el invierno de 1940, coincidiendo con los prolegómenos de la II Guerra Mundial. Los ojos del mundo están puestos en Alemania o, más concretamente, en cuál será el próximo movimiento de Adolf Hitler. En este contexto tan inestable, un equipo de arqueólogos franceses excavan en Tanis, en pleno delta del Nilo, más o menos ajenos al conflicto que está a punto de tornarse dramático.  

Egipto
Pierre Montet en Tanis.

 

Al frente del grupo está Pierre Montet, un egiptólogo de la Universidad de Lyon y alumno de Victor Loret. Montet no es nuevo en estas lides. Entre 1921 y 1924 ha trabajado en la milenaria Biblos, el cuasi mítico asentamiento al norte de la actual Beirut (Líbano). En esta ciudad, que aparece en las Sagradas Escrituras con el nombre de Gebal, el arqueólogo ha recogido numerosos objetos provenientes del Antiguo Egipto.

 

No resulta extraño, pues varios faraones mantuvieron contactos comerciales –o realizaron incursiones militares– en Tierra Santa. Ahora, sobre el terreno, Montet toma conciencia de que las fuentes históricas y la Biblia parecen coincidir en torno a un importante suceso. Se trata del pretendido saqueo de Jerusalén y del Templo de Salomón a manos del faraón de la XII Dinastía Sheshonq Io Sisac, como es llamado en la Biblia–, ocurrido alrededor del 926 a. C. «Si algún día se descubren los sepulcros de Psusennes II y Sheshonq I, que nadie se sorprenda si aparecen objetos que pertenecieron al rey Salomón y restos del templo de Jerusalén», escribe el arqueólogo francés.

 

¿Objetos? ¿Restos? En realidad, el interés de Pierre Montet se centra en un artefacto concreto, que parece obsesionarle. Me estoy refiriendo a la legendaria Arca de Yahveh. ¿Formó parte este misterioso objeto del botín de guerra de Sheshonq I? Y, de ser así, ¿trasladaron las tropas egipcias el Arca de la Alianza a los dominios de este soberano, ocultándola en algún lugar secreto del delta del Nilo? Montet tiene un objetivo y cree saber dónde localizarlo. Así, en 1928, viaja a Tanis –la Zoán bíblica–, capital del Antiguo Egipto durante las dinastías XXI a XXIII.

Egipto
El Arca de la Alianza (Tissot, 1896-1902).

Una tumba intacta

 

Durante más de una década, el equipo de Montet excava pacientementeen la necrópolis real de Tanis y en sus alrededores. Pese al tiempo y esfuerzo invertidos, el producto de la búsqueda no colma sus expectativas. Hasta el 27 de febrero de 1939. Ese día, cerca de uno de los imponentes muros que rodearon la ciudad, dan con un indicio prometedor. A través de un orificio practicado en el suelo, sosteniéndolo a duras penas por los tobillos, los arqueólogos descuelgan a uno de los operarios egipcios. Boca abajo, el trabajador atisba lo que sin duda parece una amplia cámara funeraria.

 

Egipto
Entrada a la tumba de Osorkon II.

Montet no canta victoria. Sabe que la existencia de ese agujero artificial demuestra que los saqueadores de tumbas ya han visitado el complejo funerario. En cualquier caso, no pierde la esperanza de encontrar algo importante. Y lo consigue. Aunque no está ni mucho menos intacta, localiza la tumba de Osorkon II, uno de los faraones más importantes de la XXII Dinastía, la misma a la que perteneció Sheshonq I. Pierre Montet es un hombre razonable. Asume que hay muy pocas probabilidades de que la suerte le sonría tanto como a Howard Carter. Pero no piensa rendirse. Ordena ampliar el radio de búsqueda una decena de metros alrededor de la cámara funeraria de Osorkon II. También incrementa el ritmo de las excavaciones. Los tambores de guerra resuenan fuerte desde Europa y es consciente de que tal vez tenga que regresar a su país mucho antes de lo que había planeado. Aunque no lo hará con las manos vacías.

 

Menos de un mes después, el 17 de marzo, Montet descubre otro complejo funerario que, para su sorpresa, parece estar más o menos intacto. Al principio tiene dudas. Los saqueadores de tumbas egipcios son verdaderos maestros en su «trabajo». ¿Por qué habrían de ignorar esta otra cámara, tan cercana a la de Osorkon? Y sin embargo, por alguna extraña razón, lo han hecho. Las tumbas no han sido profanadas. O, al menos, la primera que surge ante sus ojos.

 

Sabedor de la importancia del hallazgo, Montet avisa a las autoridades egipcias. Lo que tiene delante es un sarcófago real e intacto. Los sellos e inscripciones grabados en la piedra, que aluden al propietario de la tumba, le resultan tan familiares como explícitos: «La estrella que se alza sobre la ciudad (Tebas), amado de Amón, protector de las Dos Tierras…». Éstos y otros epítetos corresponden a Psusennes I, tercer faraón de la XXI Dinastía, quien gobernó Egipto alrededor de entre 1036 y 989 a. C., durante el Tercer Periodo Intermedio, una de las eras más convulsas de la historia del País del Nilo.

 

Los huesos de los dioses

Psusennes I no es un faraón cualquiera. Se trata de un soberano extrañamente longevo. Estudios recientes de sus restos óseos, que se conservan en el Museo Egipcio de El Cairo, concluyeron que vivió aproximadamente 80 años, tal vez más, en una época en la que muy pocos afortunados alcanzaban a cumplir los cuarenta. También detentó un enorme poder, como quedó demostrado por la cuantía y calidad de los tesoros hallados junto a su momia.

Egipto
Pierre Montet observa el sarcófago de Psusennes I.

 

En efecto, en el interior de la enorme cámara funeraria, de granito, Montet descubre decenas de estatuillas, cantidades ingentes de lapislázuli y otras piedras preciosas, numerosos objetos de oro… Pero hay un detalle concreto que llama poderosamente la atención del arqueólogo y de quienes le acompañan. A excepción de la máscara funeraria, que es de oro macizo, el sarcófago antropomorfo que envuelve a Psusennes I fue labrado sobre 90 kilogramos de plata pura. Experto conocedor de los rituales de enterramiento egipcios, Montet debió advertir muy pronto que estaba ante un hecho inédito. Que sepamos, nunca antes –ni después– un faraón prefirió la plata como mortaja.

 

¿Por qué se decantó Psusennes por este metal. Resultaba ciertamente extraño. Por otra parte, los tesoros hallados en la tumba de este soberano tanita, que algunos han equiparado con los encontrados en la de Tutankamón, subrayaban que podía permitirse cualquier lujo, independientemente de la distancia geográfica que lo separaran del mismo. El lapislázuli, por ejemplo, que se halló en grandes cantidades, provenía de Afganistán, a más de 5.000 kilómetros de distancia. ¿Entonces? Aunque la plata escaseaba en el Egipto de las primeras dinastías –al contrario que el oro, que obtenía de yacimientos muy cercanos–, durante el Imperio Nuevo se abrieron rutas comerciales que la convirtieron en una materia al alcance de los orfebres del País del Nilo, devaluando su precio. Sin embargo, la plata es mucho menos maleable que el oro, y el sarcófago de Psusennes I –que hoy podemos admirar en el Museo Egipcio de la capital cairota– fue labrado con una precisión y delicadeza que exigieron muchísimas horas de duro trabajo.

 

¿Tanis? o ¿Pi-Ramsés?

 

Esa pareció ser la postrera intención del anciano faraón. A nivel simbólico, el oro significaba la carne de los dioses. En tanto que la plata se identificaba con sus huesos. Y los de Psusennes eran ciertamente resistentes. 

Egipto
Esqueleto de Psusennes I.

 

Así lo constató el Dr. Fawzi Gaballah, antiguo director del departamento de anatomía forense de la Universidad de El Cairo. Tras reexaminar los huesos del faraón, concluyó que éste sufrió una rotura parcial de la columna. Esta lesión, que se conoce como «fractura del cavador», suele deberse a un sobreesfuerzo prolongado de las extremidades superiores. Asombrosamente, Psusennes I se recuperó en vida de la misma y, como hemos mencionado, murió siendo anciano.

 

Tras el sensacional hallazgo, Montet hubo de regresar a Francia precipitadamente. Había empezado la II Guerra Mundial. La gravedad del conflicto eclipsó sus logros, que solo hoy comienzan a apreciarse con la adecuada perspectiva. Curiosamente, además del descubrimiento del «Faraón de plata», el egiptólogo regresó con la certeza de haber desvelado un misterio aun mayor: la localización de Pi-Ramsés –también conocida como Avaris o Qantir–, legendaria capital de las dinastías hicsas.

 

Pero Montet estaba equivocado, al igual que otros muchos arqueólogos que excavaron en Tanis antes y después que él. A lo largo de la década larga en la que trabajó en el delta, el egiptólogo estudió numerosas estatuas, obeliscos, estelas y esfinges, casi todas erigidas bajo la advocación de Ramsés II. No es extraño, pues, que Montet creyera que Tanis era en realidad la ciudad fundada por Ramsés el Grande, ya que su «firma» aparecía por doquier. Pero entonces ignoraba otro de los sensacionales logros atribuidos a Psusennes I.

 

Egipto
Situadas junto a la aldea de pescadores de San El-Hagar, las ruinas de Tanis son fácilmente visitables en la actualidad.

 

El «Faraón de plata» dispuso que los principales monumentos de Pi-Ramsés fuesen trasladados, piedra a piedra, hasta Tanis. Replicar una hazaña tan asombrosa sería difícil incluso hoy en día, con todos los medios técnicos a nuestro alcance. Pero Psusennes I, hace 3.000 años, se las ingenió para salvar la distancia que separaba Tanis de Pi-Ramsés, nada más y nada menos que ¡30 kilómetros! Fueron precisamente avances tecnológicos los que, en tiempos recientes, nos han ayudado a descifrar este aparente galimatías histórico.

 

Esfuerzo portentoso

En 1980, el arqueólogo austriaco Manfred Bietak, basándose en un mapa topográfico del delta del Nilo, descubrió que, precisamente 3.000 años atrás, uno de los brazos del Nilo, el más oriental, comenzó a cerrarse a causa de los aluviones, abriéndose uno nuevo hacia el oeste. Este fenómeno se prolongó aproximadamente 200 años, justo los que median entre la construcción de Avaris y Tanis. De ahí que los soberanos del delta decidieran trasladar su capital a esta última ciudad. Y no solo a sus habitantes, sino también a la mayoría de sus monumentos.

 

Egipto
Efigie de Ramsés el Grande hallada en el sitio de Tanis.

Con posterioridad a los hallazgos de Bietak, prospecciones geológicas e imágenes por satélite han confirmado que Pi-Ramsés estaba situada al este de la actual Tell el Daba, como digo treinta kilómetros al norte de Tanis. ¿Fin del misterio?… Más o menos.

 

En realidad, continúa causándonos admiración el portentoso esfuerzo que supuso aquella ciclópea mudanza, de la que Psusennes I, el «Faraón de plata», habría sido el principal responsable.

 

 

 

Para saber más Revista Año/Cero n.270

Escribir comentario

Comentarios: 0