Nápoles: el último viaje de Drácula

En junio de 2014, numerosos medios internacionales se hacía eco de una sorprendente noticia, publicada originalmente por varios periódicos italianos. Según la misma, «Drácula» estaba enterrado en Nápoles. De hecho, la información aludía a que los restos del célebre «vampiro» podrían yacer en una tumba situada en el claustro de Santa Maria la Nova, una de las iglesias más visitadas de la histórica capital de la Campania.

 

Drácula
Vlad Tepes (izquierda). Escudo de la lápida en Santa María la Nova (derecha).

 

Obviamente, los titulares de Il Mattino e Il Gazzettino, entre otros diarios transalpinos, no aludían al legendario personaje popularizado por la novela de Bram Stoker, sino al hombre de carne y hueso en el que supuestamente se basó el escritor irlandés para dar forma a su gótica creación. Nos referimos a Vlad Dracul, príncipe de Valaquia, también conocido como Vlad «Tepes» (Empalador).

 

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Vista de la isla de Snagov.

 

En realidad, desde una perspectiva histórica, nadie sabe dónde están los restos de Vlad  Tepes III. Se cree que su cadáver, decapitado, fue enterrado en la pequeña isla de Snagov, en un monasterio situado a unos 40 kilómetros de Bucarest. No obstante, aunque junto al altar de la iglesia de Snagov hay una lápida con su nombre inscrito, en su supuesta tumba sólo se hallaron huesos de animales. Se trata, pues, de un caso abierto.

 

 

Esfinges tebanas

 

Cuestión bien distinta es que los restos de Tepes acabaran en Nápoles, a más de 2.200 kilómetros al oeste de la capital rumana.

 

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Interior de Santa María la Nova (Nápoles) con la tumba de Matteo Ferrillo al fondo.

La historia viene de lejos, cuando un equipo de investigadores de la Universidad de Tallin (Estonia), que había analizado varios manuscritos italianos de los siglos XV y XVI, halló pistas que sugerían una insólita posibilidad: María Balsa, una aristócrata eslava radicada en el Nápoles medieval, pudo ser la hija secreta de Vlad Tepes y haber traído los restos de su padre hasta esta ciudad.

 

Puestos a sustentar aquella sorprendente hipótesis, los académicos se propusieron descubrir evidencias sobre el terreno, en la vieja capital de la Campania.

 

Así, cierto día, Erika Stella, estudiante de doctorado en la citada universidad y colaboradora del proyecto, se desplazó hasta el espectacular complejo de Santa Maria la Nova, en el centro histórico de Nápoles, para buscar pistas que la condujeran a la pretendida tumba de los «Drácula». No tardó mucho en encontrar lo que buscaba. En uno de los rincones del claustro, sobre una lápida, observó varios símbolos que, a priori, poco o nada tenían que ver con el «usuario» de la tumba, el noble italiano Matteo Ferrillo.

 

Sin pérdida de tiempo, Stella se puso en contacto con uno de sus «jefes», el historiador del arte Giandomenico Glinni. Al explicarle Erika algunos detalles de su hallazgo, Glinni le pidió que le enviase rápidamente una fotografía de la lápida. Cuando el investigador vio la imagen, en la que se distinguía a un dragón flanqueado por dos esfinges con apariencia egipcia, supo que estaban en la buena dirección. «Las esculturas en bajo relieve demuestran un simbolismo evidente. Los dragones hacen referencia a Drácula y las dos esfinges opuestas representan la ciudad de Tebas, también conocida como Tepes. En estos símbolos está inscrito el nombre de Vlad Tepes o Vlad Dracul», afirmaba Glinni en Il Mattino.

 

Bosques de empalados

 

Fuera de contexto, las explicaciones de Giandomenico Glinni pueden parecernos vagas. No obstante, este erudito, junto con el abogado e investigador Raffaello Glinni –a la sazón su hermano– y el también historiador del arte Orest Kormashow (Universidad de Tallin), han desvelado una sucesión de acontecimientos que, por asombroso que parezca, mostrarían una estrecha relación entre Nápoles y Vlad el Empalador.

 

La primera asociación entre Tepes y esta ciudad ya era conocida. Su vínculo: la misteriosa Orden del Dragón.

 

En efecto, Vladislaus III, nacido como Vlad Dracul en Sighisoara (Transilvania, 1431) y mejor conocido como Vlad el Empalador (en rumano, Vlad «Tepes»), fue príncipe de Valaquia entre 1456 y 1462, época en la que alcanzó una fama muy notable como valuarte impenetrable frente al expansionismo otomano, cuyos ejércitos golpeaban una y otra vez el pequeño pero estratégico estado que gobernaba, fronterizo con las naciones cristianas de Europa Occidental.

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Lámina que representa la táctica del empalamiento.

De carácter irascible y especialmente fiero en el combate, Tepes fue uno de los estrategas más duros e imprevisibles de Europa Oriental, como lo demuestra el apelativo –Empalador– por el que ha pasado a la historia. Numerosos investigadores coinciden en señalar que el comportamiento sanguinario de Dracul se forjó durante su traumática infancia.

 

Sabemos que a los 13 años fue entregado por su padre como rehén a los turcos, criándose en la corte de Murad II, quien le mantuvo retenido durante varios años.

 

De regreso a Valaquia, Vlad se encontró con que su progenitor había sido brutalmente asesinado por orden de un noble local, no corriendo mejor suerte su hermano Mircea, a quien tras quemarle los ojos con un hierro candente, enterraron vivo. Con tales antecedentes, no es raro que Dracul fuese adquiriendo hábitos vengativos, tan crueles o más que los que habían demostrado tener los enemigos de su familia. Así, las crónicas cuentan que era fácil reconocer los lugares por los que pasaban las tropas de Dracul. En esencia, hablan de auténticos bosques de personas empaladas, no importando si se trataba de hombres, mujeres o niños. Aquella terrible técnica de tortura y ejecución, donde la víctima era atravesada por una gran estaca, desde el recto hasta la boca, y luego fijada al suelo, disuadió a muchos caudillos turcos de acercarse siquiera a Valaquia.

 

No obstante, la ferocidad mostrada contra los otomanos, enemigos acérrimos del cristianismo, convirtió a Tepes en aliado de varios príncipes occidentales, con quienes compartía intereses políticos y, sobre todo, la pertenencia a la Orden del Dragón, una sociedad de caballeros fundada en 1408 por el emperador Segismundo de Hungría.

 

Llamativamente, los legendarios dragones, con toda su carga simbólica, estuvieron estrechamente ligados al linaje de los Dracul, en más de un sentido…

 

Simbolo siniestro

Se ha especulado mucho con el verdadero significado de Dracul, apelativo que figura en muchas placas conmemorativas en su tierra natal. En rigor, dracul, en rumano, podría traducirse por diablo o demonio y, dada la sangrienta biografía de nuestro protagonista, no resultaría extraño que se granjeara tal alias. Sin embargo, Vlad Tepes heredó el apellido Dracul de su padre, un gobernante sibilino pero no despiadado. ¿Por qué entonces Dracul?

 

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Vlad Tepes III.

La mayoría de historiadores coinciden en que el término también podría traducirse como dragón, y que éste aludía a la pertenencia del padre de Tepes a la citada y homónima orden, de la que también habría formado parte su hijo. En apoyo de esta hipótesis, las descripciones y retratos que nos han llegado de Vlad Tepes suelen presentarlo ataviado con los ropajes y emblemas de esta orden. Entre otros, la estrella mesopotámica de ocho puntas y un medallón con un dragón enroscado, en realidad un uróboros draconiano y mistérico que adoptaron diversas sociedades secretas en siglos posteriores.

 

Llama la atención que aunque entre los objetivos primordiales de esta orden estuviera la defensa de la fe cristiana, ninguna representación de Tepes –o de otros conocidos miembros de esta hermandad– lo muestra luciendo cruz alguna. La razón quizá estribe en que, en origen, la Orden del Dragón se constituyó como «organización laica», que se enfatizara su carácter de «sociedad» o «hermandad» y que sus caballeros tuviesen prohibido mencionar al legendario animal o alardear de su pertenencia a la misma.

 

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Símbolo de la Orden del Dragón.

En cualquier caso, es aquí donde encontramos el primer vínculo de Vlad el Empalador con tierras italianas, ya que, al igual que Tepes, Ferrante I de Nápoles (Fernando de Aragón) era miembro de la mencionada orden. Por sí sola, esta conexión no bastaría, pero aquí entra en escena otro misterioso y escasamente conocido personaje: María, supuesta hija de Vlad Tepes, cuya existencia defienden los impulsores de la hipótesis objeto de este artículo…

 

Salvo que demos algún crédito a la leyenda de Drácula, Vlad el Empalador habría muerto en 1476 combatiendo a los turcos cerca de Bucarest. En aquel momento, María, su hija, contaba con siete años y, privada de la protección de su padre, la pequeña fue enviada al Reino de Nápoles, donde encontró refugio, pues así lo especificaban las reglas de la Orden del Dragón. Una vez allí, Ferrante I entregó la pequeña a una persona de confianza para que se ocupara de su educación. Se trataba de Andronica Cominata, esposa y posteriormente viuda de Jorge Skanderbeg Castriota, el héroe albanés que, al igual que Vlad Tepes, destacó por sus victorias frente a los otomanos y que, supuestamente, también pertenecía a la mencionada sociedad de caballeros.

 

María, hija de Dracul

 

Según el argumento defendido por los hermanos Glinni y Orest Kormashow, la presencia de María Dracul no pasó ni mucho menos inadvertida en la ciudad de Nápoles. De hecho, pronto circularon rumores de que una princesa de origen eslavo y heredera a un importante trono había sido adoptada por intermediación del mismísimo Ferrante I. Así las cosas, tanto los Castriota –padres adoptivos de María– como el rey debieron creer inconveniente que se conociera el verdedaro linaje de la joven, quizá porque pensaron que ser hija de Vlad el Empalador podría ahuyentar a futuros pretendientes.

 

La solución fue cambiar el apellido Dracul, de modo que la joven pasó a llamarse María Balsa. Sin embargo, es probable que quienes eligieron este último sobrenombre, aparentemente inocuo, no lo hicieran al azar. O eso especula Giandomenico Glinni: «En antiguo rumano, la palabra para designar ‘dragón’ era ‘balaur’ o, simplemente, ‘bal’, términos que aún se utilizan en algunos lugares de los Cárpatos. Por otra parte, el sufijo ‘sa’ vendría a ser un indicativo de patronímico, como el ‘son’ de los anglosajones. De manera que Bal-sa significaría ‘Hija del Dragón’», argumentaba el investigador en Il Mattino.

 

En cualquier caso, transcurrieron los años y María, como todas las jóvenes de alta alcurnia, se comprometió con un muchacho de su mismo rango social. Se trataba de Giacomo Alfonso Ferrillo, conde de Muro Lucano e hijo de Matteo Ferrillo, otro destacado miembro de la Orden del Dragón. Conviene recordar aquí que la misteriosa lápida «descubierta» por Erika Stella pertenecía a los Ferrillo… Al igual que el uróboros, el círculo iba cerrándose.

 

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Margarita de Antioquía.

Como no podía ser de otro modo, Ferrante I bendijo personalmente la unión entre María y Giacomo, asignándoles la extraordinaria dote de 24 mil ducados –una fortuna en nuestros días–, dinero que el Conde de Muro Lucano utilizó para comprar enormes propiedades en la región de Basilicata, incluido el Ducado de Acerenza. Y fue precisamente en este enclave, concretamente en la iglesia-catedral de Acerenza, donde el investigador Raffaello Glinni halló otras significativas pistas para apuntalar la tesis de los estudiosos de Tallin.

 

En efecto, entre los frescos que adornan esta joya del románico italiano, plagada de simbología esotérica y reconstruida por la familia Ferrillo entre 1520 y 1524, hay uno que siempre ha llamado la atención de los estudiosos del arte. Se trata de una supuesta representación de Margarita de Antioquía a lomos de un desafiante dragón. Y decimos supuesta porque Raffaello Glinni se muestra convencido de que, en realidad, la imagen es un retrato idealizado de María Balsa –Condesa de Muro Lucano y Señora de Acerenza–, pintura que nuevamente la vincularía con sus censurados orígenes transilvanos: la Casa Dracul. Pero hay más…

 

Dientes puntiagudos

En otro rincón de la cripta, un bajorrelieve presenta el busto de un inquietante personaje, con pronunciada barba y dientes anormalmente puntiagudos. ¿Acaso el grabado representa a Vlad Tepes? Raffaello Glinni no descarta que sea así y apunta otra nueva y fascinante posibilidad. En su opinión, no sería descabellado pensar que Vlad Tepes sobreviviera a la batalla que le enfrentó con los otomanos en las cercanías de Bucarest. Tal vez –continúa especulando– sólo resultara herido, fuese hecho prisionero y los turcos se lo ofrecieron a Ferrante I a cambio de un sustancioso botín, como ocurría a menudo en aquella época.

 

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Inquietante bajorrelieve en la iglesia-catedral de Acerenza.

 

En este caso, la idea de que padre e hija, Vlad y María, llegasen juntos a la ciudad de Nápoles se antoja plausible.

 

Aunque Glinni asumía en Il Mattino que las evidencias presentadas en el estudio de la Universidad de Tallin no son tales, si acaso «pruebas circunstanciales», este investigador cree que, en cualquier caso, en toda esta historia concurren demasiadas casualidades para que no haya un fondo de verdad.

 

Frente a la lápida de los Ferrillo en Santa Maria la Nova, Glinni insistía en su hipótesis de que los restos de María Dracul –o por qué no los de su padre– podrían estar en dicha tumba o en alguna de las colindantes. «Si observamos el bajorrelieve –añadía en el citado diario–, la referencia a la Casa Dracul no puede ser más clara. Y no sólo por el dragón. Las dos esfinges opuestas representan a Tebas, cuya analogía con Tepes también me parece obvia. Por otra parte, que yo sepa, en ningún otro lugar de Europa existe una tumba de la época (Glinni se refiere al Cinquecento) donde aparezca simbología egipcia», concluía.

 

Sean o no demostrables los argumentos propuestos por estos estudiosos, no hay duda de que su investigación abre insospechadas posibilidades en torno a la vida y muerte de Vlad el Empalador, uno de los personajes más fascinantes y misteriosos de la historia europea.  

 

Para saber más Revista Año/Cero n.289

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