Computadoras en la Antigua Grecia: Mecanismo de Anticitera

Mecanismo de Anticitera

En abril de 1900, pescadores de esponjas que buceaban a unos 45 metros de profundidad, dieron con los restos de un botín de guerra que incluía uno de los artefactos más extraños y desconcertantes hallados jamás.

Pese a la erosión, una mirada atenta bastaba para apreciar un dispositivo de engranajes. Precisamente, cuando el arqueólogo griego Valerios Stais –el primer experto en estudiarlo– describió el objeto en 1902, lo hizo subrayando que «mostraba un mecanismo similar al de los relojes». Pero, ¿cómo es posible que hace dos mil años se construyera una máquina semejante?

 

El Mecanismo de Anticitera –denominación por la que es habitualmente conocido– no es un reloj propiamente dicho, sino un dispositivo todavía más complejo y, por ende, absolutamente «fuera del tiempo».

Hasta el descubrimiento de este artefacto, se asumía que los primeros dispositivos de engranajes aparecieron tan «pronto» como en la Edad Media y, con mayor frecuencia, en el Renacimiento. Pero si el Mecanismo de Anticitera era lo que parecía ser y ya estaba inventado, ¿cómo es posible que el primer dispositivo de engranajes tardase tantos siglos en «replicarse»?…

 

El artefacto mide 33 cms de altura, 17 cms de ancho y 9 cms de fondo, y probablemente estuvo formado por un conjunto de 37 ruedas dentadas fabricadas en bronce, además de otras piezas para la sujeción de la maquinaria –aunque se recuperaron 82 fragmentos, muchos otros quedaron en el fondo marino–. Llamativamente, los dientes eran triángulos equiláteros perfectos y, como el resto de engranajes, habían sido extraídos de una misma plancha de bronce de dos milímetros de espesor. Cuando ya en el Museo Arqueológico de Atenas pudo examinarse mediante rayos X, se comprobó que tenía numerosos fragmentos de madera adheridos a su estructura, lo que debía conferirle el aspecto de un reloj de pared. Además, en su superficie, como si de un manual de instrucciones se tratara, se inscribieron caracteres y textos de índole astronómica y en dialecto koiné, lengua común que entendían la gran mayoría de pueblos que integraban el mundo helenístico. 

Investigando el artefacto

No obstante todo lo anterior, tuvieron que pasar casi sesenta años hasta que Derek J. De Solla Price, padre de la cienciometría, se atreviera a decir –y a publicar– lo que seguro, otros académicos habían sospechado pero «prudentemente» ocultado: el Mecanismo de Anticitera es una computadora de la Antigua Grecia, capaz de determinar las posiciones del Sol y de la Luna en relación con el zodíaco.

 

De Solla Price retomó la investigación del dispositivo en 1974, publicando un nuevo estudio científico en el que insistía vehementemente sobre la tecnología muy avanzada del artefacto, por lo que fue víctima de la incomprensión de muchos de sus colegas académicos, a quienes la idea de reunir en un mismo plano una computadora y una columna dórica les provocaba mareo. Así, no resulta raro que el Mecanismo de Anticitera cayera en el más absoluto ostracismo durante otro buen puñado de años. Sin embargo, en 2005 tomó forma una iniciativa más ambiciosa impulsada por el Gobierno griego y varias universidades helenas y británicas, y conocida como Antikythera Mechanism Research Proyect (AMRP).

 

Mediante el uso de tomografías en 3D, los expertos del AMRP dedujeron el número exacto de diales y dientes que integraron el dispositivo. Además, desentrañaron el significado de alrededor de 3.000 caracteres ocultos de los aproximadamente 15.000 que permanecían inscritos en la superficie de sus engranajes. Precisamente, fue gracias a la traducción de dichos textos que los científicos pudieron descifrar el funcionamiento del artefacto. Las conclusiones de los investigadores, no hicieron sino confirmar la teoría que Derek De Solla Price formuló en 1959: el dispositivo era una computadora mecánica analógica con la finalidad de calcular y predecir las posiciones de cuerpos y eventos celestes.

 

Mecanismo de Anticitera

Desde 2005 hasta nuestros días, el mecanismo ha sido objeto de varios estudios, aunque el más relevante se dio a conocer a finales de 2014, firmado por el físico James Evans (Universidad de Puget Sound) y el historiador de la ciencia Christian Carman (Universidad de Quilmes), y publicada originalmente en el boletín Archive for History of Exact Science.

 

Lo llamativo de este informe es que subraya que los griegos fueron capaces de diseñar una máquina muy compleja en tiempos en los que eso era supuestamente imposible. Además, desvela que el propósito inicial del dispositivo era la predicción de eclipses, aunque el modelo predictivo de la computadora no estaba basado en la trigonometría helena, sino en la mucho más avanzada aritmética babilonia, que aplicaba los denominados «ciclos saros» (un saros equivale a 223 meses sinódicos o de fases lunares) para pronosticar eclipses.

 

Asumiendo esto último, Evans y Carman idearon un sistema por eliminación, mediante el cual dedujeron que el «punto 0» del dispositivo, o sea, el momento en que éste comenzó a funcionar, se adaptaba bien al 12 de mayo de 205 a. C., fecha en que se produjo un eclipse solar. Curiosamente, dicha fecha también se adaptaba a una de las dos líneas de investigación sobre la autoría del dispositivo, concretamente la que lo vincula con Arquímedes, muerto en 212 a. C., o, cuanto menos, otorgaba mayor verosimilitud a un relato de Marco Tulio Cicerón perteneciente a su conocida obra De re publica, texto en el que se mencionan dos artefactos aparentemente similares a la máquina de Anticitera: «He oído mucho sobre este globo celestial o esfera que suele citarse a propósito de la gran fama de Arquímedes. Su apariencia, aun así, no parecía ser particularmente sorprendente. Hay otro, más elegante en forma y más generalmente conocido, moldeado por el propio Arquímedes y depositado por el mismo Marcelo en el templo de Virtus en Roma. Galo (se refiere a Cayo Sulpicio Galo, cónsul en 166 a. C.) nos aseguró que el sólido y compacto globo era una invención muy antigua y que el primer modelo fue presentado por Tales de Mileto. Cuando Galo movió el globo, ocurrió que la Luna siguió al Sol tantas vueltas en ese invento de bronce como en el cielo mismo, por lo que también en el cielo el globo solar llegó a tener ese mismo alejamiento, y la Luna llegó a esa posición en la cual estaba su sombra sobre la Tierra, cuando el Sol estaba en línea».

 

No obstante, esa línea de investigación, más acomodada con la arqueología oficial, no es tan sugerente como la que vincula el dispositivo con la isla de Rodas, hipótesis defendida por Derek J. De Solla Price y otros estudiosos más proclives a pecar de herejes.

 

 

Por las reconstrucciones de la ruta que pudo seguir el buque hundido en Anticitera, realizadas teniendo en cuenta el contenido de la carga del barco, los trayectos más frecuentes en la época y las exploraciones submarinas llevadas a cabo por Jacques Cousteau entre 1975 y 1978, se infiere que el navío habría zarpado desde Pérgamo, Cos o Rodas, siendo este último enclave el que más se ajusta a referencias históricas y a ciertos relatos considerados legendarios que, tal vez, contengan mucho más que un poso de verdad.

¿Un objeto único?

Nuevamente, un texto de Cicerón, el libro primero de De Natura Deorum, confirmaría la conexión entre esta clase de artefactos y la isla de Rodas: «(…) el planetario construido por nuestro amigo Posidonio, que en cada revolución reproduce los mismos movimientos del Sol, la Luna y las cinco estrellas (planetas) errantes».  El amigo al que se refiere Cicerón en el texto, no era otro que Posidonio de Rodas (135 a. C.– 51 a. C.), eminente filósofo estoico, político, astrónomo y matemático de origen sirio, quien, entre otros méritos, impulsó una de las escuelas científicas más célebres del mundo grecorromano, academia que, antes que Posidonio, dirigió otro de los astrónomos más importantes de la historia, Hiparco de Nicea, muerto en Rodas en 120 a. C. Sabemos que Cicerón visitó a Posidonio en dicha academia y, además, no sólo contempló el dispositivo, sino que el de Rodas, con quien mantuvo una gran amistad, le mostró cómo funcionaba.

 

Resulta obvio que si el Mecanismo de Anticitera fue programado para 205 a. C., no es probable que Posidonio o Hiparco tuvieran que ver con su construcción –ya habían muerto–, pero ahora sabemos que tanto ellos como otros sabios de su tiempo diseñaron máquinas parecidas. La isla de Rodas está relacionada con una legendaria y larga tradición de artilugios extraordinariamente avanzados, tales como estatuas mecánicas y animales robotizados; autómatas, en suma.

Thet Oera Linda Bok

 

Puede ocurrir que un objeto real, por incómodo con la versión oficial de la historia de nuestra civilización, acabe convertido en mito. Buen ejemplo de ello es el símbolo de Rodas, su coloso. Considerado una de las Siete maravillas del mundo antiguo, el Coloso de Rodas parece surgido de la imaginación de novelistas y cineastas aficionados a la ciencia ficción. Pero no estamos ante un objeto ilusorio, sino frente a una imponente estatua de bronce sobre cuya existencia real dieron fe cronistas como Estrabón, Constantino VII y Plinio el Viejo, por citar sólo unos pocos.

 

En cualquier caso y para evitar suspicacias, los científicos e inventos relacionados a continuación son absolutamente reales, por mucho que cueste creerlo.

 

El filósofo y astrónomo Arquitas de Tarento (430 a. C.– 360 a. C.), contemporáneo de Platón, construyó un ave de madera accionada con vapor. Algo más sofisticados fueron los ingenios desarrollados por Apolonio de Pérgamo (262 a. C.– 190 a. C.) y Ctesibio de Alejandría (285 a. C.– 222 a. C.), pues inventaron autómatas musicales y, en el caso del segundo, un reloj de agua o clepsidra más preciso que cualquiera de los creados hasta la aparición del reloj de péndulo, inventado por el físico holandés Christiaan Huygens (1629-1695).

 

Mención aparte merece Herón de Alejandría. Considerado uno de los científicos más importantes de la antigüedad, este matemático desarrolló numerosos inventos de los que dejó constancia escrita en Neumática –un tratado sobre hidráulica– y Los autómatas, seguramente el primer libro sobre robótica de la historia.

 

Entre otros artilugios pasmosamente modernos, Herón de Alejandría describe pájaros que volaban y gorjeaban, y diversos modelos de estatuas que imitaban el comportamiento humano o, más exactamente, el de los esclavos, pues la mayoría se construyeron para servir vino y comida durante los banquetes. También, un dispositivo que abría y cerraba automáticamente las puertas de los templos; la primera máquina térmica de la historia –denominada eolípila–; y la ahora conocida como Fuente de Herón, un artilugio para el aseo personal de quienes acudían a las ceremonias religiosas que funcionaba introduciendo una moneda.

Y en todos los casos anteriormente citados, hemos reseñado inventos y avances tecnológicos que se produjeron hace más de dos mil años…

 

Para saber más Revista Año/Cero n.297

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