Doggerland: La Atlántida del norte

Doggerland

Curiosamente, la existencia de Doggerland ya era más que una sospecha desde principios del siglo XX. Por aquel entonces, muchos pescadores del oeste de Europa, sobre todo los que faenaban en aguas al norte del Canal de la Mancha, recogían en sus redes fragmentos de aquella realidad olvidada.

 

Cuernos de grandes cérvidos, enormes huesos de mamuts lanudos… A los pescadores, claro está, no les hacía gracia alguna encontrar entre el pescado aquellos pesos muertos e invendibles.

 

Y mucho menos cuando lo que aparecía en las redes era una calavera humana. Entre las gentes del mar, semejante hallazgo no presagia nada bueno.

 

De vez en cuando, algunas de las piezas llegaban a puerto y terminaban en manos de anticuarios o coleccionistas, o de arqueólogos aficionados para quienes el inerte botín tenía especial significado; sobre todo cuando eran informados de su procedencia exacta, a muchas millas de la costa. ¿Cómo habían llegado hasta allí aquellos grandes mamíferos? ¿Nadando? Imposible. La respuesta era más simple y lógica, pero no por ello fácil de asumir. Mucho tiempo atrás, tanto como 10.000 años, sobre aquellas aguas existió un vasto y emergido territorio, tan extenso y sólido que un habitante de Escocia podía llegar hasta Holanda caminando. Y es que el paisaje de Doggerland no era la tundra helada que presuponían los científicos, sino una masa boscosa más parecida a la que aún caracteriza, por ejemplo, a muchas áreas escandinavas.

 

Las evidencias de que Doggerland estuvo cubierta por bosques son tan numerosas como incontestables. El Daily Mail ya informaba al respecto a finales de enero de 2015, cuando varios submarinistas que buceaban frente las costas de Norfolfk, en el este de Inglaterra, descubrieron un bosque sumergido y petrificado que parecía perderse mar adentro.

 

No eran los primeros en percatarse de la insólita presencia de árboles hundidos frente al litoral británico. En marzo de 2014, una unidad de buceo de la Royal Navy halló un pinar petrificado junto a la Isla de Man. El bosque permanecía oculto bajo cinco metros de arena y, al igual que en el descubierto en Norfolk, las dataciones lo remontaron 10.000 años atrás.

Doggerland

Más recientemente, arqueólogos, geólogos, biólogos e informáticos de las universidades de Bradford y Birmingham, ambas en el Reino Unido, nos están proporcionado asombrosos detalles sobre este territorio perdido. Por ejemplo, que su extensión aproximada fue de 260.000 kilómetros cuadrados (mayor que la de la actual Gran Bretaña), que los cambios climáticos lo redujeron hasta quedar convertido en una isla del tamaño de Sicilia y que, finalmente, desapareció a causa del devastador tsunami –con olas de hasta 20 metros– que siguió a los desplazamientos tectónicos ocurridos en la plataforma continental noruega, conocidos como deslizamientos de Storegga.

Doggerland, ¿origen del megalitismo atlántico?

Si echamos un vistazo al mapa del megalitismo atlántico, observamos la presencia de estas construcciones en las Islas Británicas, Escandinavia, Alemania, los Países Bajos y Francia, justo en los territorios que aún permanecen emergidos alrededor de la desaparecida Doggerland. ¿Por qué no especular con que también se erigieron allí? ¿O acaso fue Doggerland el origen de aquellas primeras manifestaciones de megalitismo? Pero, un momento, ¿megalitos en el Mesolítico?  

 

La existencia de esta isla-continente explicaría por qué tantas leyendas británicas coinciden en advertir que quienes levantaron estos megalitos procedían de un territorio ignoto, pero invariablemente situado al norte de los enclaves donde fueron erigidos. En las misteriosas Orcadas, por ejemplo, el más célebre de esos relatos no sólo apuesta por el origen septentrional de aquellos primeros arquitectos, sino que añade un sorprendente detalle acerca de los menhires que salpican dichas islas. 

 

Según esta leyenda, las enormes piedras son en realidad gigantes que vivían bajo el mar, lugar al que regresan una vez al año, cada Hogmanay (Nochevieja, en escocés), para recuperar la vida que les fue arrebatada. ¿Menhires submarinos? Quizá los más antiguos habitantes de las Orcadas los rescataron en aguas próximas a su litoral o, tal vez, la leyenda se inspiró en el vago recuerdo del colapso de una civilización desaparecida, ¿la misma que habitó Doggerland unos cuantos miles de años atrás?

 

En igual sentido, llaman la atención los hallazgos de restos megalíticos en las playas al norte y noreste de Gran Bretaña, vestigios que permanecieron sumergidos durante milenios y que, debido a los cambios en las mareas, han quedado al descubierto. Este es el caso de la estructura prehistórica conocida como Seahenge (henge marino), descubierta en la localidad de Holme-next-the-Sea, cerca de Old Hunstanton, en el condado de Norfolk.

Seahenge

Los arqueólogos han datado Seahenge en torno a 2100 a. C., y están convencidos de que en origen fue una especie de habitación cerrada destinada a usos rituales, seguramente relacionados con el acceso al más allá.

 

Aunque el hallazgo se hizo público en 1998, los habitantes de Holme-next-the-Sea conocían la estructura desde hacía décadas, siglos tal vez, pero prefirieron mantener su localización en secreto, celosos de que turistas y demás extraños hurgasen en el legado de sus ancestros.

El Oera Linda

Ya sabemos que land equivale a «tierra» en inglés, pero ¿qué es eso de Dogger? Para descubrir el significado de esta palabra no sirven los diccionarios actuales. Dogger deriva de dogge, un arcaísmo del neerlandés que designaba una clase específica de embarcación –concretamente un bacaladero– antaño utilizada por los marineros holandeses. Más tarde, se bautizó con el nombre de Dogger al gran banco arenoso situado en el centro del Mar del Norte, plataforma que probablemente albergó a los últimos habitantes de Doggerland cuando la región ya era solamente una isla.

 

Ubicada al noreste de Holanda, la provincia de Frisia se distingue del resto de las que integran los Países Bajos por tener su propio idioma, lengua que, por cierto, guarda muchas similitudes con el inglés. Aunque lo que más separa a los frisones –o frisios– de sus compatriotas es su exacerbado nacionalismo y una historia repleta de epopeyas y héroes míticos.

 

Quizá por ello, cuando a mediados del siglo XIX se publicó un libro escrito en frisón arcaico y titulado Oera Linda, muchos dudaron de la autenticidad del manuscrito, sobre todo porque su propietario, también frisón, insistía en que el relato contenía informaciones fidedignas transmitidas oralmente por sus antepasados desde la asombrosa fecha de 2194 a. C.

Thet Oera Linda Bok

 

La narración nos muestra a una civilización ignota que vivió en una isla-continente ubicada al norte de Gran Bretaña. De nombre Atlandia (Tierra Antigua), la región desapareció a causa de un terrible cataclismo cósmico cuyos efectos se notaron en todo el planeta. Sin embargo, algunos supervivientes conservaron los conocimientos de sus ancestros y, tras dispersarse por el mundo, los revelaron a una minoría de iniciados.

 

La historia, leyes, religión, héroes y epopeyas de Atlandia estarían contenidas en el Oera Linda, libro cuyos secretos fueron transmitidos de generación en generación hasta llegar a Cornelis Over de Linden.

 

Pese a que los temas  sobre la Atlántida se pusieron de moda durante el Romanticismo, el manuscrito holandés resulta extrañamente concreto a la hora de ubicar su Atlandia justo al noreste de Gran Bretaña, en el área que ahora sabemos ocupó la isla-continente de Doggerland.

 

 

De igual modo, frente a la difusa hipótesis de un gran diluvio apuntada por Platón, el Oera Linda plantea la ocurrencia de un cataclismo de origen cósmico, tesis que se nos antoja excesivamente vanguardista para la época en que fue publicado.

 

Otro asunto llamativo es que el manuscrito holandés describe la civilización de Atlandia como una sociedad igualitaria, pero en la que las mujeres, especialmente las madres, poseen un rol central de liderazgo político y moral. Por contra, es sabido que las mitologías en el ámbito greco-latino ponderan el papel del varón como reflejo de las sociedades patriarcales en las que vivieron sus autores, de ahí que lo más alto del panteón de dioses y héroes esté reservado a los hombres. O, también, que en el Oera Linda se insista en la existencia real de los primitivos héroes de Atlandia, justificando en la naturaleza de sus hazañas que éstos fueran convertidos en dioses, mucho tiempo después, por las mitologías griega, romana y nórdica, citando como ejemplos a Neptuno, Minos, Vesta, Odín …

 

El Oera Linda asume que el extremo septentrional de Europa gozó de un clima inusualmente cálido y favorable para la vida en tiempos no tan remotos, clima que se vio alterado de manera drástica a consecuencia del cataclismo de origen cósmico al que también se refiere el libro. Obviamente, es imposible que el autor o autores del manuscrito supieran que, hace alrededor de 10.000 años, como producto del deshielo tras el último periodo glacial, el nivel del mar subió hasta 122 metros en ciertas áreas limítrofes con el Mar del Norte, inundando gran parte del litoral; o que existiera una isla-continente llamada Doggerland que actúo como puente de tierra firme entre Gran Bretaña y Europa; o que bajo el hielo de Groenlandia, a más de 3 kilómetros de profundidad, se oculta un paisaje verde que se ha conservado intacto desde hace casi tres millones de años… No es posible que quienes escribieron el Oera Linda conocieran estos datos porque las noticias que informaban de todos estos hallazgos han sido publicadas entre 2012 y 2015. 

 

Podemos especular con que el Oera Linda bebiera en fuentes verosímiles y que, como ha ocurrido con tantos otros relatos a priori tachados de legendarios –véase la Troya descrita en la Odisea–, este polémico libro holandés describa sucesos reales. De hecho, no es imposible que sus autores consultaran manuscritos aún más antiguos y mapas como los que inspiraron a Piri Reis, mapas absolutamente fidedignos por mucho que a algunos puedan parecerles tan fantásticos como el de la Tierra Media imaginada por Tolkien.

 

Doggerland existió y aquellos antiguos cartógrafos no tenían por qué mentir…

 

Para saber más Revista Año/Cero n.305  

Escribir comentario

Comentarios: 0