Yazidíes: Los Adoradores del Ángel Caído

Yazidies

 

Aunque todos estamos en el punto de mira del infame Daesh, esta organización criminal ha mostrado especial inquina contra los yazidíes. En octubre de 2015, las principales agencias de noticias se hacían eco de las declaraciones de Vian Dakhil Said, la única yazidí en el Parlamento iraquí, durante una conferencia mundial de mujeres celebrada en Londres. «Tras 14 meses, nada ha cambiado, la situación es la misma. Nadie nos ayuda», se lamentaba Dakhil. 

 

La parlamentaria se refería a una de las prácticas más horrendas de los terroristas del Estado Islámico: las violaciones sistemáticas, individuales y en grupo, de miles de mujeres y niñas yazidíes, muchas de las cuales acabaron siendo vendidas por unos pocos dólares en las ciudades iraquíes bajo control del Daesh.

 

 

 

En cuanto a los varones yazidíes, se les perseguía de aldea en aldea y eran asesinados sin mediar palabra, siguiendo el esquema clásico de un genocidio, tal y como han denunciado la ONU y otros organismos internacionales. Pero, ¿quiénes son los yazidíes y por qué Daesh actúa con tanto odio contra ellos? 

 

Señalados con desprecio desde la antigüedad hasta nuestros días, los Yazidíes constituyen una de las minorías religiosas peor tratadas de la historia.

 

Paradójicamente, los motivos de su mala reputación se cimentan sobre fabulaciones acerca de sus peculiares costumbres sociales y, sobre todo, a propósito de su religión, un credo conectado con el zoroastrismo que rinde culto a una misteriosa entidad que suele identificarse con el antagonista de Dios.

Minoría Religiosa

Los yazidíes integran una minoría religiosa cuya existencia documentada se remonta al segundo milenio antes de nuestra era. Aunque su origen sea mayoritariamente kurdo y se establecieran en los alrededores de Mosul, al norte de Irak, los yazidíes, con una población que no supera el millón de personas, poseen comunidades en Siria, Turquía, Irán, Armenia, Georgia, Ucrania y Rusia, habiéndose asentado también en países occidentales como Alemania y EE UU. La dispersión de los integrantes de esta minoría obedece a dos causas principales: su forma de vida seminómada y, sobre todo, la obligada diáspora tras sufrir persecución debido a sus peculiares creencias religiosas. 

 

Una de las primeras y más llamativas referencias a esta minoría lleva la firma de la influyente ocultista y fundadora de la Sociedad Teosófica Helena Blavatsky, quien se ocupó del enigmático universo yazidí en su extensa obra Isis sin velo.            

 

«Pocas sectas hay que verdaderamente practiquen la magia negra –comenzaba afirmando la ocultista rusa–. Entre ellas se cuenta la de los yezidis (yazidíes), a quienes erróneamente a nuestro entender se les considera emparentados con los kurdos. Habitan en las montañosas y áridas comarcas de la Turquía asiática, Armenia, Siria y Mesopotamia en número de unos 200.000, y de sus tribus son las más peligrosas las de las cercanías de Bagdad, diseminadas por las montañas de Sindjar. El jefe de estas tribus tiene su residencia fija junto a la tumba de Adi, su profeta y reformador religioso, pero en cada tribu hay un jefe o cheique particular, elegido entre los más expertos en magia negra. El profeta Adi o Ad es personaje mítico sin realidad histórica, y equivale en concepto al Ab-ad de los parsis y al Adi–Buddha de los indos, aunque degenerativamente antropomorfizado».

 

Yazidies

 

¿Magia negra? ¿El jeque Adi un personaje mítico? Conviene aclarar ahora que el jeque Adi ibn Musafir al-Umawi es un personaje histórico y, por tanto, real. Nacido en Baalbek (Líbano) en torno a 1070 y descendiente del califa omeya Marwan I, Adi ibn Musafir fue un destacado miembro de la orden sufí hasta su retiro como eremita en las montañas del Kurdistán, donde conoció y asimiló las ideas del zoroastrismo, religión y filosofía que puede entreverse en algunos preceptos del yazidismo.

 

Fallecido en 1162 tras una vida dedicada al ascetismo y salpicada por algún que otro milagro, el jeque Adi está enterrado en el valle de Lalish, a unos 60 kilómetros de Mosul, y su tumba, un extraño edificio coronado por tres cúpulas piramidales, es objeto de peregrinación para los yazidíes de todo el mundo, que deben visitarla una vez en la vida. 

 

Entonces, ¿por qué dice Blavatsky que Adi es un personaje mítico? Quizá sea porque el yazidismo sostiene que este jeque, profeta y al parecer milagrero, es una especie de avatar o encarnación terrestre de Melek Taus, el Ángel-Pavo Real al que rinden culto los yazidíes, una misteriosa deidad que cristianos y musulmanes identifican con el Ángel Caído, Lucifer, Satán o como prefiramos denominar al antagonista de Dios.

 

El yazidismo es una religión preislámica y precristiana, que la Enciclopedia británica (1986) definía con cierta ambigüedad como «la combinación de elementos sincréticos del zoroastrismo, maniqueísmo, judaísmo, cristianismo nestoriano y de elementos islámicos. Los yazidíes piensan que son descendientes de los partidarios del califa Umayyad Yazid, y creen que sus orígenes están separados del resto de la humanidad, no siendo incluso descendientes de Adán, razón por la cual se han segregado de las personas entre quienes viven de forma estricta».

 

Mitra y Zoroastro

Yazidies

 

Hay varias afirmaciones discutibles en la definición anterior, aunque la más llamativa sea la de vincular el yazidismo con religiones que se fundaron mucho tiempo después –al menos dos mil años–, como el judaísmo y el islam.

 

En todo caso, habría ocurrido justo lo contrario. La razón principal es que en la religión yazidí hallamos un sustrato que la conecta no sólo con el zoroastrismo, sino con el mitraísmo y probablemente con los primeros cultos paganos surgidos en Sumeria –o la idea de religión organizada devenida de aquellos–.

 

La cosmogonía yazidí es la mejor prueba de lo que decimos, aceptando que las adaptaciones que nos han llegado de la misma, esbozadas en los libros sagrados de los yazidíes, redactados no antes del siglo XIV, no se hayan visto contaminadas por el contacto con el islam. 

 

Al igual que sucede con otros mitos de la creación, el de la religión yazidí podría entenderse como una versión primitiva o intuitiva de la teoría del Big Bang –o de la gran explosión–. Así, dichos relatos vienen a decir que, en el principio de los tiempos, Dios habría creado una especie de «perla blanca» que contenía la sustancia primordial.

 

Tras estallar, la perla se fragmentó en infinidad de pedazos, que se corresponderían con los planetas y estrellas del Universo. Después, para que le ayudasen a completar su obra, Dios creó a siete ángeles de su iluminación, designando a Melek Taus como el más importante de ellos. A continuación, ordenó a los siete ángeles o «siete misterios» que le trajesen polvo de la Tierra, sustancia que Dios convirtió en «Adán», tras insuflarle vida a través de su respiración. Finalmente, el Creador advirtió a los ángeles que debían someterse a la voluntad de Adán. Seis de los siete ángeles aceptaron el mandato divino, no así el principal de ellos, Melek Taus, que se negó y replicó a Dios diciendo: «¿Cómo puedo someterme a otra criatura? Yo soy el producto de tu Iluminación, mientras que el hombre fue hecho del polvo». Entonces, Dios asumió la primacía del ángel Melek Taus, enviándole a nuestro planeta para que actuase en su nombre. 

 

Es por ello que los yazidíes tienen a Melek Taus como representante de Dios en la Tierra, a la cual habría llegado reencarnado en pavo real y donde se manifiesta cada equinoccio de primavera, periodo durante el cual celebran la festividad del Año Nuevo. Entonces, ¿dónde queda Dios en los rituales de este pueblo?  

 

Los yazidíes aceptan que existe un Dios supremo, pero no lo veneran por la sencilla razón de que dicha entidad se inhibió de su labor tras crear el universo. «Si Dios no va a hacer nada, ni bueno ni malo, ¿por qué malgastar nuestro tiempo rindiéndole culto?», parecen asumir los yazidíes con este exótico precepto. Así pues, rezan a quien sí puede beneficiarles o perjudicarles: Melek Taus: el ángel pavo real. 

 

Isis sin velo, la obra de Helena Blavatsky antes mencionada, subía el tono a propósito de los vínculos entre los yazidíes y los cultos demoníacos:

 

«Se han imaginado los yezidis todo un pandemonio, y recurren a los yakshas (espíritus del aire) y a los afrites (espíritus del desierto) para transmitir sus ruegos a Satán, el rey del averno. En sus asambleas cultuales se toman los yezides de las manos y forman amplísimos corros en cuyo centro se sitúa el cheique o sacerdote, quien manos en alto entona un himno en loor de Sheitan (Satán), mientras los del corro voltean y saltan y mutuamente se hieren con puñales hasta caer algunos exánimes, pues las heridas que se infieren son más profundas que las de los lamas y yoguis del Tíbet y la India. Durante la ceremonia suplican con grandes voces a Sheitan que se manifieste por medio de prodigios, y como celebran estas asambleas por la noche, suelen obtener algunas manifestaciones fenoménicas, entre ellas la de enormes globos de fuego que luego toman figura de extraños animales»

 

Escribe la célebre ocultista, quien, en un intento de subrayar la verosimilitud de su relato, añade la siguiente anécdota:

 

«Según testimonio de un ockhal druso, la señora Ester Stanhope, verdadera autoridad en la masonería de Oriente, presenció disfrazada en traje de emir las ceremonias de los yezidis llamadas ‘misas negras’, y a pesar de sus animosos bríos se desmayó a la vista de aquel espectáculo y mucho trabajo hubo para volverla en su sentido», concluye Blavatsky.

 

Simurgh: el pájaro inmortal

Melek Taus

En realidad, no hay evidencias que tan siquiera hagan sospechar que los yazidíes celebraran –o sigan haciéndolo– nada parecido a una misa negra. Si acaso, la persecución a la que han sido sometidos durante milenios les ha persuadido de ser discretos en sus prácticas religiosas, generalmente marcadas por un aura de misterio y hermetismo, por mucho que la parafernalia de sus ritos no se diferencie en lo esencial de la que caracteriza a otros credos religiosos.

 

Tampoco ayuda que Melek Taus sea confundido con el Shaitán o Satán coránico, aunque el libro sagrado de los musulmanes utiliza dicho término en el sentido de «el que se opone» o «el que se enfrenta», no tanto por su moderna acepción de Demonio, que debemos a una distorsión popular del concepto.

 

Más interesante resulta el hecho de que Melek Taus sea conocido como «ángel pavo real», pues dicha denominación entronca con tradiciones paganas muy antiguas, como la persa del Simurg, el pájaro inmortal que anida en el Árbol de la Vida.

 

No hallamos nada maléfico en esta fabulosa ave. Muy al contrario. Las mitologías persas y zoroastrianas identificaban al Simurg con una especie de intermediario entre el orbe terrestre y el plano celestial, atribuyéndole poderes fertilizadores, curativos y protectores, cualidades que comparten otras aves míticas como los grifos de las leyendas griegas o la mismísima ave fénix, símbolo de la supervivencia en el más allá, pues tras arder renacía de sus cenizas. A nivel simbólico, el pavo real no sólo posee las anteriores cualidades, sino que, ante todo es un emblema solar. No es raro que los yazidíes rindan culto a esta ave, pues el verdadero Dios de este pueblo es el Sol.     

 

«(…) Satanás, como nos lo muestra el Antiguo Testamento, no es un ignorante ni un ser repugnante. El Satanás hebreo es un ángel, bello como todos los hijos de Dios».  

 

Valgan estas palabras del estudioso del ocultismo Kurt Seligmann para apuntar una última reflexión: no deberíamos olvidar que la diversidad cultural y religiosa de la especie humana es uno de nuestros mejores patrimonios…

 

Para saber más Revista Año/Cero n.311

 

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Comentarios: 2
  • #1

    Alan Navas (martes, 03 enero 2017 13:39)

    Muy interesante el artículo, no había leído sobre ellos

  • #2

    Guillermo Camarena (lunes, 09 julio 2018 19:48)

    Excelente artículo, me encanta este blog, y como mera opinión estoy totalmente de acuerdo con la última reflexión sobre la diversidad cultural y religiosa ya que cada país tiene mucha diversidad, en mi caso mi bello México. Saludos.