Bucegi, la esfinge de los Cárpatos

El enigma de Vlad el empalador o Drácula no es el único - ni el más atractivo - que encierran las fronteras de Rumanía. En torno a una roca con apariencia antropomorfa conocida como la esfinge, se teje una historia de túneles ocultos, moradas subterráneas, guerreros-licántropos y un misterioso personaje, mitad hombre mitad Dios, que habría muerto y resucitado mucho tiempo antes que Jesucristo. 

 

Todo ocurrió en la inexpugnable Tracia, la hiperbórea de los griegos y la patria de los inmortales.

Esfinge
Esfinge de Bucegi.

Ubicadas al sur de la histórica ciudad de Brasov, en Rumania central, las montañas Bucegi atraen a miles de visitantes todos los años, la mayoría amantes de la naturaleza que afrontan a pie la intrincada red de senderos que recorre los Cárpatos meridionales.

 

Muchos de estos caminantes pasan de largo al alcanzar las cotas más altas de los montes Bucegi –por encima de los 2.500 metros–, pero otros se detienen un buen rato para admirar uno de los atractivos menos divulgados de la región. Se trata de la llamada «Esfinge» de Bucegi, una extraña formación rocosa con apariencia antropomorfa que, en opinión de los escépticos, es un monumento natural producto de la acción continuada del agua y el viento, que modelaron un área próxima a la cúspide de la montaña proporcionándole la apariencia de una cabeza humana vista de perfil.

Montaña Sagrada

Al contrario que los anteriores, muchos rumanos insisten en que el rostro pétreo de Bucegi fue labrado por manos humanas y que, paradójicamente, debemos culpar a la erosión de que sus rasgos se hayan ido difuminando con el transcurrir del tiempo, muchos milenios en este caso, pues proponen que el rostro esculpido en Bucegi sería el de un dios, concretamente el de uno llamado Zalmoxis (a veces escrito Salmoxis, Zamolxis o Samolxis), deidad a la que rindieron culto tracios, dacios y geto-dacios, entre otros pueblos de la región.

 

El historiador y geógrafo Heródoto de Halicarnaso, por ejemplo, relata que los griegos que habitaban las regiones helenizadas hasta el Danubio, contaban sobre Zalmoxis que fue uno de tantos discípulos de Pitágoras, y que habría sido el célebre filósofo quien le enseñó las ciencias del cosmos y otras materias vinculadas con los cuerpos celestes, cuando el tracio recaló en Samos.

 

Pero, ¿cómo es que alguien que acabó divinizado pudo ser un simple criado de Pitágoras? Esto mismo se preguntó el propio Heródoto, quien tras recabar otras fuentes históricas y aplicar el sentido común, finalmente se inclinó por descartar que Zalmoxis estuviera al servicio del famoso matemático y filósofo, proponiendo que aquel personaje nacido en Tracia habría vivido en una época muy anterior a Pitágoras.

 

Obviamente, las referencias de un solo autor clásico no bastan para tejer la biografía fidedigna de un personaje tan complejo como Zalmoxis. Aunque se trate de Heródoto, considerado el «padre de la historiografía».

 

Afortunadamente, un erudito moderno, el reputado filósofo e historiador de las religiones Mircea Eliade (Bucarest, 1907-Chicago, 1986), también se ocupó de hacerlo, añadiendo ciertas dosis de carnalidad a la figura de este ídolo del pueblo tracio. «Gracias a sus conocimientos astronómicos y a sus poderes mágicos y proféticos –escribe Eliade–, logró Zalmoxis ser asociado por el rey a las tareas de gobierno. Constituido sumo sacerdote y profeta del ‘dios más venerado de su país’, Zalmoxis se retiró a una caverna en la cima del Kogainon (Eliade se refiere a la montaña tracia sagrada que hoy se identifica con los montes Bucegi), donde no recibía sino al rey y a sus propios servidores, hasta que, más tarde, ‘se dirigían a él como a un dios’», argumenta Mircea Eliade en su libro De Zalmoxis a Gengis-Khan (Ed. Cristiandad).

 

Experto conocedor de la religión y los mitos de su Rumanía natal, Mircea Eliade nos recuerda que Heródoto, Estrabón y demás historiadores griegos interesados en la figura de este misterioso personaje, establecen una clara diferencia entre los dioses puramente dichos vinculados con el panteón tracio –como Ares, Dioniso, Artemisa y Hera–, y el Zalmoxis histórico, sobre cuya irrupción como profeta de una religión mistérica –o enviado de un dios antiguo– no parece albergar dudas. Y añade Eliade otro asunto fascinante que probablemente ha ejercido una notable influencia en el ámbito de las leyendas de su país: el «retorno de los muertos».

 

Así, Eliade cita a Helánico de Lesbos cuando éste menciona que varias tribus tracias vecinas de los geto-dacios afirmaban que ellos no morían nunca, pues los difuntos marchaban junto a Zalmoxis, pero que «la permanencia junto al dios no es definitiva, pues ‘se cree que los muertos retornan’. De ahí que, ‘cuando alguien muere, se alegran con el pensamiento de que el difunto retornará’».

 

Cabría pensar que estas gentes se referían a la pervivencia espiritual entendida en el contexto de la inmortalidad del alma, pero Eliade descartaba que fuera así, subrayando que lo que verdaderamente llamó la atención de los griegos en relación con Zalmoxis fue que éste otorgaba la inmortalidad real a sus adeptos –no a sus almas–, garantizándoles también que se reunirían con él tras su muerte aparente «en un lugar en el que gozarían de una perfecta felicidad», como dando a entender la realidad o materialidad de dicho enclave, un «país paradisíaco» en palabras del propio Eliade.

 

Eso sí, todos estos relatos sobre el retorno de los muertos dejan claro que el acceso a ese paraíso terrenal estaba vetado a la mayoría: sólo unos pocos adeptos, los iniciados en el culto a Zalmoxis, fuera mistérico o de otra categoría, disfrutarían de aquél. En cuanto a cómo lo lograban, los cronistas clásicos describen algunos de los ritos de iniciación practicados por los geto-dacios, en su mayoría pruebas cruentas que indefectiblemente acarreaban graves heridas o la muerte a los aspirantes, mediando la ingesta de drogas que favorecían el estado de trance y a menudo convertían a aquéllos en auténticas máquinas de matar, bestias insensibles que aterrorizaron a los pueblos vecinos y pusieron en jaque a los legionarios romanos, incapaces de derrotar a los guerreros-licántropos de la Dacia.

 

Guerreros-licántropos

La creencia en que los Cárpatos son territorio de licántropos es una de las más arraigadas en Rumanía, un país pródigo en este tipo de personajes a mitad de camino entre lo histórico y lo legendario. De hecho, el paisaje de la región, horadado por infinidad de cuevas y túneles, ayuda a ponerlos en un contexto geográfico.

 

Es fácil imaginar a aquellos guerreros-licántropos ocultos en la oscuridad que les proporcionaban esas cavernas de los Alpes de Transilvania, revestidos con pieles de lobos o transformados en tales, siempre al acecho de viajeros incautos.

 

En este punto, conviene que nos detengamos en el topónimo Kogainon, la montaña sagrada de los Cárpatos lugar de retiro de Zalmoxis y cuya localización exacta sigue siendo un misterio, aunque varios investigadores la identifiquen, precisamente, con los montes Bucegi. ¿Acaso la morada subterránea de Zalmoxis y sus adeptos se oculta justo bajo la polémica Esfinge?

 

La tradición ha puesto nombre a esa cueva, ubicada en las inmediaciones de Bucegi. Su nombre es Pestera Ialomita y la Iglesia ortodoxa rumana erigió una ermita y un monasterio justo a la entrada de la gruta, suponemos que para borrar cualquier signo pagano que permaneciera oculto en su interior (el influjo de Zalmoxis debió ser muy fuerte, de lo contrario habría bastado con levantar un solo templo).

 

Hace muchos miles de años, las cavernas de Bucegi acogieron a los primeros individuos de la especie Homo sapiens que habitaron Europa. Hace exactamente 36.500 años, según puntualizaba un estudio publicado por el American Journal of Physical Anthropology en julio de 2014.

 

Los visitantes que recorren las cuevas de Bucegi pueden constatar muchas señales de esta ocupación temprana, pero no hay signos aparentes que demuestren que Zalmoxis y los adeptos de su primitiva secta celebrasen aquí sus extraños rituales, por más que la tradición insista en que fue en este preciso lugar donde ocurrió todo.

 

Por otra parte, según la mitología griega, la Hiperbórea estuvo precisamente aquí, en Tracia, la patria de Bóreas, dios del viento…

 

 

Atendiendo a esta última teoría, la Esfinge sería una representación de Cronos o de algún otro dios antediluviano, en todo caso inquilino de Hiperbórea, región sobre cuyos habitantes se decía que eran inmortales, de igual modo que lo habrían sido los adeptos de Zalmoxis.

 

O del enigmático Orfeo, también de origen tracio y célebre por su viaje al inframundo, el mismo oscuro lugar en el que desapareció Zalmoxis durante tres largos años, para luego reaparecer… o renacer.

 

No es descabellado pensar que Zalmoxis fuera la versión geto-dacia del Orfeo tracio, cuyo culto mistérico, el orfismo, se extendió con inusitado éxito por toda Grecia y el resto de naciones helenizadas o en la poderosa órbita de Atenas.

 

La promesa de la inmortalidad tuvo la culpa… Como seguramente la tuvo entre los discípulos de Jesús.

 

Acaso, como opina el folclorista y estudioso de las religiones Ioan (Jean) Coman, Zalmoxis sea un precursor de Jesucristo, un Cristo de los Cárpatos muerto y resucitado…

 

Para saber más Revista Año/Cero n.306

 

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