María Magdalena, la diosa pagana prohibida por la iglesia

Reencarnación de Isis y sacerdotisa templaria, su culto ha enraizado en numerosas tradiciones populares. Pocas figuras del santoral católico levantan tantas pasiones como María Magdalena, protagonista de procesiones y fiestas en muchos pueblos a lo largo y ancho del mundo.

 

España y Francia son los mejores ejemplos de la devoción hacia la figura de la "prostituta penitente", pues en ambos países se la conmemora con auténtico fervor, no obstante, a menudo ocurre que dichas celebraciones se parecen más a antiquísimos ritos paganos que a las liturgias cristianas. 

 

Como en la Provenza, donde la iglesia católica las tolera con tal de no enfurecer a los miles de devotos que participan en ellas. ¿Conocen los fieles el verdadero significado del culto a María Magdalena? tal vez no, aunque sería un error despreciar la "sabiduría" popular

María Magdalena

Hace algunos años viajé hasta Campisábalos, una pequeña población ubicada en el noroeste de la provincia de Guadalajara, en la misma falda de la Sierra de Pela, en cuyas estribaciones se levantaron algunos de los mejores ejemplos del románico rural español.

 

En realidad, Campisábalos cuenta con un conjunto románico integrado por dos edificios anexos: la iglesia de San Bartolomé y la capilla de San Galindo, dos nombres harto sugerentes para quienes hemos recorrido estas tierras siguiendo las pistas dejadas por los caballeros templarios.

 

Una vez dentro, ante mis ojos apareció una escultura de San Bartolomé que me dejó atónito. El santo egipcio «hijo de Ptolomeo» (en arameo, bar-Tôlmay) había sido representado con la barba dividida en dos, cuchillo en mano y pisando al demonio Astarot, del mismo modo que San Jorge lanceara al dragón o, mucho tiempo antes, Osiris diera muerte al cocodrilo. ¿Templarios en Campisábalos? La siguiente pista me persuadió de que los monjes-soldado tenían mucho que ver con aquellas señales.

 

María Magadalena
María Magdalena en Campisábalos.

Muy cerca de la imagen de San Bartolomé observé otra escultura que me causó aún más perplejidad. Cubierta de escamas como una sirena y con un cacillo en la mano a punto de derramar su contenido y decorado con olas, María Magdalena se me antojó Isis Pelagia, la diosa egipcia, salvadora y marinera, cuyo culto se expandió por todo el Mediterráneo gracias a la permeabilidad del Egipto de los Ptolomeos.

 

Aquella talla de la Magdalena, de factura tosca, casi pueril, era la más extraña que había visto, y llevo treinta años interesado en estos asuntos. La representación se alejaba de la iconografía tradicional de la santa, que suele reflejarla en actitud penitente, con una calavera, una cruz y algún instrumento de autoflagelo. Si acaso, su manto rojo y su rostro compungido me convencieron de que era ella.

 

No obstante, ¿qué hacía en Campisábalos aquella representación de Magdalena/Isis? Por chocante que resulte, la iconografía cristiana posee numerosos aspectos que la conectan con el paganismo surgido en el País del Nilo.

 

Lo he comprobado, por ejemplo, en templos levantados en Guadalajara, en Soria y en la comarca navarra de La Valdorba, pero también allende nuestras fronteras, siguiendo un rastro de templarios, cátaros, Vírgenes Negras y de la propia María Magdalena en la vecina Francia.

 

 

A unos 220 kilómetros al sureste de París, la histórica localidad de Vézelay, ubicada en plena Borgoña, pasa por ser el primer lugar de Francia donde se rindió culto a María Magdalena. Existía un buen motivo para ello, pues el cuerpo de la santa habría estado enterrado en la espectacular abadía de la ciudad, que se convirtió en ajetreado centro de peregrinaciones desde el siglo IX.

 

Asimismo, en la Provenza, en concreto en Saint-Maximin-la-Sainte-Baume, muy cerca de la Costa Azul, también se instaló la creencia en que el cuerpo de María Magdalena había sido descubierto en dicha localidad, «oficialmente» el 9 de septiembre de 1279. Según cuenta la tradición, María Magdalena se retiró como ermitaña a una cueva cercana a Saint-Maximin y, tras morir, fue enterrada en una cripta en la basílica de la ciudad.

 

La proximidad del mar Mediterráneo dice mucho acerca del origen de la «leyenda provenzal» de María Magdalena, pues parte de la cristiandad asume como probable que la santa llegara a territorio francés tras zarpar desde Palestina acompañada por Marta, Lázaro y otros fugitivos.

Sara la Negra

María Magdalena
Sara la Negra.

No como probable sino como seguro deben percibir este apasionante relato de los hechos muchos habitantes de Saintes-Maries-de-la-Mer (Lei Santei Marias de la Mar, en idioma occitano provenzal), que una vez al año conmemoran la llegada a su ciudad de un misterioso personaje: Sara la Egipcia, también llamada Sara la Negra o Sara Kali.

 

Poco les importa a los vecinos de este ya célebre pueblo costero que la Iglesia católica no haya canonizado a esta Virgen Negra, patrona mítica del pueblo gitano y «estrechamente» vinculada con María Magdalena.

 

Entre los días 23 y 25 de mayo, Saintes-Maries-de-la-Mer recibe la visita de miles de personas, la mayoría de etnia gitana, que celebran a la que han adoptado como su patrona en un ambiente más parecido a un festival hindú que a una conmemoración cristiana. De hecho, el itinerario de las procesiones por Sara no finaliza en la iglesia donde se custodia su estatua, sino en el mar, como si el Mediterráneo se tornara en el sagrado Ganges.

 

En cualquier caso, la clave de estas leyendas –o del suceso fidedigno– está precisamente en Sara la Negra, un enigmático personaje que no aparece en las primeras versiones de la historia –insisto en que hay más de una–, sino que se incorporó al relato a partir del siglo XVI. Esta última tradición conmemora a una niña «egipcia» que llegó a estas tierras en el año 42 d. C., en compañía de María Magdalena y el resto de la comitiva ya citada.

 

Pero, ¿qué sabemos realmente de Sara? ¿Por qué los habitantes de Saintes-Maries-de-la-Mer decidieron rendir culto a aquella niña y no a María Magdalena? Sara debía tener alguna «cualidad» que la distinguía de sus acompañantes, y una leyenda local nos proporciona una pista sobre cuál era: «Sara» no era un nombre, sino una dignidad, y Sarah en hebreo significa «reina». Además, los verdaderos motivos por los cuales surgió la tradición de conmemorarla, tendrían que ver con que Sara la negra era hija de Jesús y María Magdalena.

 

Margaret Starbird, gran estudiosa y autora del célebre María Magdalena ¿Esposa de Jesús?, especula con que Sara era negra en sentido metafórico y que la tradición esotérica del linaje oculto de Jesús se ha filtrado en las leyendas populares. «Ella (Sara), como la princesa del linaje de David, era simbólicamente negra, ‘sin que se la reconociese en las calles’ (Libro de las Lamentaciones 4:8). (…) Es probable que quienes en siglos posteriores conocieron esa leyenda y la identidad de María como esposa de Jesús, la equiparasen con la esposa negra del Cantar de los Cantares. Ella era la hermana-esposa del Amado. Su ‘negrura’ habría sido símbolo de su estado oculto», argumenta Starbird.

 

La identificación de María Magdalena con María de Betania y «la mujer que fue una pecadora», establecida por el papa Gregorio I en el año 591 y difundida por los teólogos de los siglos III y IV, gozó de enorme popularidad en el siglo XIX y constituyó un argumento recurrente en la iconografía cristiana occidental, que a menudo representa a María sosteniendo un frasco de alabastro.

 

En efecto, el episodio del «frasco de alabastro», en el cual una mujer unge la cabeza o los pies de Jesús con esencia de nardo, relatado con ciertas variaciones en los cuatro evangelios, Lucas (7, 36- 50); Marcos (14, 3-9); Mateo (26, 9-14) y Juan (12, 1-11), ha contribuido a que la figura de la Magdalena se asociara a la de una prostituta; hasta 1969, año en que la Iglesia revisó la «cuestión de las tres Marías» y adjudicó la celebración del 22 de julio, en exclusiva, a santa María Magdalena.

María Magdalena
Unción de Jesús.

Hay varias razones que podrían explicar este drástico –y muy tardío– cambio de opinión de la jerarquía católica en relación con la Magdalena, que pasó de ser una prostituta a constituirse en «novia mística de Cristo». No obstante, la más evidente es que la Iglesia quisiera desterrar la idea de que una pecadora ungió a Jesucristo, pues en la tradición judeocristiana quienes ungen a los reyes poseen una autoridad inasumible por una prostituta. Además, hacía siglos que el culto a María Magdalena se había afianzado en buena parte de la cristiandad.

María Magdalena y los templarios

Las alusiones al Cantar de los Cantares son recurrentes entre los estudiosos de María Magdalena, como también es frecuente que su figura se vincule a las misteriosas Vírgenes Negras y a los templarios, por más que estos últimos, nacidos como una orden eminentemente masculina, puedan parecernos ajenos a esta cuestión.

 

Muchos investigadores han advertido sobre este aparente contrasentido, como la escritora y experta en ocultismo Lynn Picknett, autora de María Magdalena: la diosa prohibida del cristianismo, quien acierta con la inclusión de un importante «actor» que aclara la relación entre la Orden del Temple, María Magdalena y el Cantar de los Cantares.

 

Se trata de Bernardo de Claraval, uno de los personajes más destacados en la historia de la Iglesia católica. «Figura esencial en la fundación y promoción de esa orden –escribe Picknett–, Bernardo de Claraval fue un apasionado devoto de las Vírgenes Negras, inextricablemente relacionadas con María Magdalena. Pronunció asimismo muchos sermones sobre María de Betania, quien, en su opinión, no era otra que Magdalena, así como sobre la ‘esposa’ del Cantar de los Cantares, el libro de poesía erótica del Antiguo Testamento que la Iglesia ha asociado siempre con María, al punto de hacer leer públicamente en los templos algunos de sus pasajes durante la festividad de Magdalena. De igual forma, Claraval predicó en favor de la segunda cruzada desde el gran centro de culto de María Magdalena en Vézelay», concluye Picknett.

El Cantar de los Cantares

También llamado Cantar de Salomón o Cantar de los Cantares de Salomón, e integrado tanto en la Biblia cristiana como en el Tanaj hebreo, este libro es un objeto extraño en el contexto de las escrituras sagradas, pues al contrario que éstas, exalta conceptos como la belleza, la sensualidad y el amor. Además, otorga a la mujer un papel que se le niega en el resto de textos bíblicos: « (…) en este poema atribuido a Salomón se descubre la sensualidad femenina.

 

La pasión que transmite el Cantar es un intenso deseo carnal, pero dotado de ‘chispa divina’. Estamos ante un simbolismo en el cual convergen el amor humano y el divino, que así se transforman en dos dimensiones estrechamente ligadas, como la naturaleza humana y la divina en Cristo», escribe el esoterista italiano Francesco Garufi.

 

Sabemos que el texto ya era popular en Palestina en tiempos de Jesucristo, pero también es conocida la existencia de una traducción griega del poema que data del año 100 a. C. Lo recuerda Margaret Starbird en su obra imprescindible María Magdalena ¿Esposa de Jesús?, en la cual retrasa y mucho el origen y factura del libro: «Algunos comentaristas modernos creen que el Cantar de los Cantares fue compuesto como parte de los ritos sumerios de la Fertilidad en honor de Dumuzi y de Inanna, cuyo mito se popularizó durante milenios en el Próximo Oriente antiguo.

 

La poesía amorosa, escrita en tablillas cuneiformes recientemente descifradas, describe a Dumuzi como ‘pastor’ e ‘hijo fiel’; epítetos que más tarde se aplicarían a Jesús. La amada de Dumuzi viene presentada como ‘hermana’ y ‘esposa’. El rey era considerado un ‘hijo escogido’ en virtud del hecho de que la deidad lo había ‘formado en el vientre de su madre’», argumenta Margaret Starbird.

 

Jesús y María Magdalena, Dumuzi e Inanna, ¿Osiris e Isis?… Quizá no lo sepan en Campisábalos, donde a finales de julio sacan en procesión a María Magdalena, su Virgen sirena. O tal vez lo intuyan. Las tradiciones de los pueblos conservan y transmiten la esencia de lo que somos…

 

Para saber más Revista Año/Cero n.312

 

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